Explore "La gloria y el ensueño que forjó una patria, Tomo 1" by Paco Ignacio Taibo II on Textopian. Read with annotations and highlights.
El mocho general Severo del Castillo, sordo y relativamente joven, contaba entonces sólo 36 años, había reunido 7 mil hombres en Guadalajara y mejorado las defensas exteriores de la ciudad. Se sentía relativamente seguro. El 23 de septiembre de 1860 instruyó el embargo de víveres y madera para hacer barricadas en toda la ciudad, y a las autoridades religiosas de Jalisco les ordenó que le entregaran todo el oro y la plata que había en la catedral en crucifijos, vasos sagrados, alhajas y otras joyas dedicados al culto. Los sacerdotes pusieron en sus manos 368 kilos de plata.
En el interior del estado Pedro Ogazón, gobernador liberal, había organizado la fabricación de municiones y pólvora y la fundición de morteros. El 22 de septiembre el ejército liberal comenzó a concentrarse y las avanzadas iniciaron hostigamientos. Las cifras más benévolas le daban al ejército una cantidad de 20 mil hombres, integrados en la división del Estado de México de Felipe Berriozábal, los guanajuatenses de Doblado, la división de Michoacán de Epitacio Huerta, formada fundamentalmente por guerrillas de lanceros; las tropas de Jalisco, dirigidas por Leandro Valle, y las divisiones de Zacatecas y San Luis Potosí, comandadas por Jesús González Ortega e Ignacio Zaragoza, que a su vez dirigían el conjunto. Venían con el ejército dos coroneles que se habían hecho de cierta fama: el jalisciense Ramón Corona, que había actuado en Sinaloa, y el carnicero Antonio Rojas.