La gloria y el ensueño que forjó una patria,…

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Sinaloa resultaba un dolor de cabeza para la república, gobernaba el sonorense Jesús García Morales, sin apoyo de los militares liberales. En septiembre de 1864 se levantó en armas el ex gobernador Francisco de la Vega en favor del imperio, fue vencido y fusilado en El Fuerte. Un mes más tarde Antonio Rosales y Ramón Corona sacaron del gobierno a García Morales. Muy activo en la conspiración había estado Ignacio Ramírez, El Nigromante, quien en una carta a Guillermo Prieto le decía: "Conspiro con todas mis fuerzas. ¿Contra los franceses? No, hombre; conspiro contra don Benito, que se ha empeñado en salvarnos de la invasión y que se porta, por sí y por apoderado, con una poltronería que da grima. Conspiro contra un tal García Morales, o mejor dicho, conspiré, puesto que ya está fuera del gobierno [. ]. Rosales aceptó con alborozo; creo que hasta se enrojeció su piel amarillenta por la ictericia, y brillaron sus ojos en que dormitaba la luz de un verso hondo y sentido, aunque cojo y maltrecho. Corona no fue tan fácil de convencer: le repugnaban el cuartelazo, la infidencia y el pronunciamiento". El zacatecano Antonio Rosales de 42 años fue nombrado gobernador. Era uno de esos comunes hombres de la Reforma, abarrotero, literato, periodista y estudiante de leyes en el seminario de Guadalajara, soldado de las milicias de Sinaloa.

En la ofensiva francesa sobre el norte, Ramón Corona que actuaba dentro de la división de López Uraga, oliéndose la traición protagonizó una fuga difícil para cubrir los 170 kilómetros hasta Sinaloa junto a un grupo de amigos, huyendo de los imperiales y evitando el encuentro con Lozada.

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