Explore "Benito Juárez: flor y látigo" by Andrés Henestrosa on Textopian. Read with annotations and highlights.
ASPIRAMOS al poner este haz de espigas en las manos de los lectores del Continente, a mostrar la continuidad del ideario político que norma las instituciones de la República, en su constante aspiración de bien común. Pospuesta toda otra consideración, no se busquen aquí galas literarias, sino eso que hemos apuntado: el acervo ideológico que presidió las acciones del gran indio que se llamó Benito Juárez, en quien la conciencia nacional de independencia, adquiere formas definitivas.
Benito Juárez no era un intelectual, ni un artista, sino un hombre de acción y de pensamiento. Y sus escritos no fueron otra cosa que el presagio y el corolario de sus acciones. En sus manos, como ocurre frecuentemente en los ideólogos y políticos de América, la pluma es un instrumento de creación, no de recreo. Era un instrumento civilizador exclusivamente, con la misma eficacia de un machete, bueno para podar las ramas estorbosas, la intrincada y abrupta maraña de prejuicios seculares, que impedían la marcha progresiva de México. Y no podía ser de otra manera, dados los tiempos. Si hasta aquellos que eran por definición literatos y artistas, se vieron sojuzgados por el quehacer político y su obra está teñida con estos afanes. Así Ignacio Ramírez, así Ignacio Manuel Altamirano. Mayormente Juárez, dados sus orígenes y las circunstancias de su vida: venía de esa porción del pueblo mexicano en que son más descarnadas, más inicuas, las desigualdades sociales que dan origen a la miseria, el abandono y la ignorancia. Luchar contra eso, hasta morir si era preciso, fue una decisión que se formuló, apenas escolar en el Instituto de Oaxaca. De ahí en adelante todo lo que hizo estaba encaminado a poner en sus manos las armas necesarias para la lucha, cuando llegara la hora.