Lenin by Leon Trotsky — Read

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Alejandro, tanto por su fisonomía como por su carácter, se parecía a su madre, particularmente en sus primeros años: «La misma rara mezcla -escribe la hermana mayor-, de extrema firmeza y uniformidad de carácter con una asombrosa sensibilidad, ternura y espíritu de justicia. Pero más austero y más concentrado, aun más viril». El preceptor de los niños, Kalachnikov, afirma que desde su rostro muy blanco, su voz dulce y sus movimientos serenos, Alejandro irradiaba, desde los años infantiles, una gran fuerza interior. El aislamiento de la familia en Simbirsk, durante los primeros tiempos, la falta de compañeros para los juegos de la infancia, en parte también las exigencias del padre, no podían sino acentuar la naturaleza cerrada y concentrada del niño. No faltaron las impresiones penosas y brutales. Comenzando por que la casa habitada por los Ulianov sobre el viejo Venetz estaba situada cerca de la plaza donde se encontraba la prisión. La madre se ocupaba de los pequeños; los mayores, sin vigilancia, iban a pasear solos a la plaza. Los días de fiesta se agolpaba «el pueblo» en el viejo Venetz mientras que por el nuevo Venetz se paseaba «el público». Pronto quedaba sembrada la plaza con cáscaras de girasol, sobras de pescado seco y otros comestibles. Para las fiestas de Pascua, se entretenían con hacer rodar huevos duros coloreados. Las ropas de vivos colores y las blusas chillonas se apretujaban delante de la pista. Los acordeones resonaban con acentos discordantes. Al anochecer, ya se oían en la plaza canciones de ebrios y se producían peleas encarnizadas. A decir verdad, en los días feriados no se dejaba ir a los niños por el Venetz; pero en los días hábiles, mientras retozaban en la calle, contemplaban el Volga o escuchaban el canto de los pájaros en los huertos, fueron más de una vez interrumpidos en sus juegos por el crujir de las cadenas, los gritos groseros o las injurias. Con punzante curiosidad sorprendía el pequeño Alejandro alguna mirada a través de las rejas; crecían en él el espanto y la piedad.

Era feliz la vida en Kokuchkino, propiedad del abuelo materno en la gobernación de Kazán, en donde se encontraban durante las vacaciones las hijas casadas, acompañadas por sus numerosos niños. Tenían lugar allí diversiones animadas, paseos a pie y en bote, más tarde, la caza, a la que Alejandro se entregaba con ardor. Pero todo, en los alrededores, revelaba la miseria de los campesinos y el ambiente entero seguía aún profundamente impregnado de las costumbres de la época de la servidumbre. Un campesino de la vecindad llamado Karpei, cazador y pescador consumado, contaba a Ana y Alejandro cómo había visto, con sus propios ojos, hacer trotar a través de la gobernación de Kazan a niños judíos que se enviaban a Siberia: muchachitos de diez años arrebatados por la fuerza a sus padres para convertirlos en ortodoxos y servidores del zar. El relato de Karpei causaba un dolor más vivo, más abrasador, que los versos de Nekrasov . Posteriormente, ya en la Universidad, Alejandro leyó, en un libro de Herzen publicado clandestinamente, como éste, camino de la deportación, se había encontrado con un convoy de niños judíos que eran enviados a Siberia; entre ellos los había de ocho años de edad, que se desplomaban de fatiga y que morían en el camino. Herzen se encerró en su kibitka, lloró amargamente y maldijo, en su impotencia, a Nicolás y a su régimen. Pero ¿lloró Alejandro? Según su hermana, aun siendo niño, no lloraba casi nunca. Pero, precisamente por eso, sentía más vivamente la injusticia y conocía la quemazón de las lágrimas interiores.

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