Cómo hicimos la Revolución Rusa by Leon Trotsky

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El Soviet de Petrogrado no estaba silencioso. Pedía el traslado Inmediato del poder al Soviet Central y a los locales, la entrega de la tierra a los campesinos, el establecimiento del dominio de los obreros sobre la industria y la apertura de las negociaciones de paz. Mientras estuvimos en oposición, nuestro grito de guerra fue: ¡Todo el poder a los soviets! Pero cuando constituimos la mayoría de ellos, o de los principales, comenzamos a luchar para adueñarnos del poder.

En el campo, la situación era complicada y confusa a más no poder. La revolución había ofrecido la tierra a los campesinos, pero prohibió que éstos se la apropiaran hasta la reunión de la Asamblea Constituyente. Los campesinos comenzaron por aguardar pacientemente y cuando dieron señales de actividad, el gobierno de coalición apeló a medidas represivas. Entretanto, la reunión de la Asamblea Constituyente era una perspectiva cada día más remota. La burguesía se empeñaba en que la Asamblea Constituyente fuese convocada después de la paz. Por su parte, las masas campesinas se impacientaban cada vez más y parecían cumplirse las predicciones que habíamos hecho en los primeros días de la revolución. Efectivamente, los campesinos se apoderaban de las propiedades inmuebles por su propia cuenta. Cada día eran más frecuentes y severas las medidas de represión, y muchos miembros de los Comités Revolucionarios de Tierras[71] estaban en la cárcel. Kerensky había proclamado el estado de sitio en algunos distritos. Los delegados de las aldeas comenzaron a presentarse en Petrogrado y se quejaban de que eran perseguidos por aplicar el programa del Soviet en lo relativo a la entrega de las tierras de los propietarios privilegiados a los miembros de los comités de campesinos. Éstos solicitaban nuestra protección. Nosotros respondíamos que sólo sería posible hacer algo en su favor cuando el poder estuviese en nuestras manos. La situación era tal que para impedir la degeneración de los soviets hasta verlos convertidos en centros de discusión académica, debíamos esforzarnos por llegar al poder. Nuestros amigos más moderados nos decían que era absurdo abrir la campaña mes y medio o dos meses antes de que se reuniese la Asamblea Constituyente, pero nosotros no estábamos dominados por el fetichismo asambleísta. En primer lugar, nadie nos garantizaba que dicha Asamblea Constituyente fuese convocada, pues la desorganización del ejército, la deserción en masa que teníamos a la vista, el caos del reparto de víveres y la revolución agraria creaban una atmósfera muy poco propicia para las elecciones. Además, en el caso de que esas elecciones pudieran hacerse, la entrega de Petrogrado a los alemanes constituía una amenaza que por sí sola haría totalmente ineficaz la convocatoria. En segundo lugar, aún reunida la Asamblea Constituyente bajo la dirección de los viejos partidos, con sus listas, no sería otra cosa que una reunión protectora y confirmadora del principio coalicionista. Ni los socialistas revolucionarios ni los mencheviques eran capaces de asumir la autoridad, a menos que lo hiciesen apoyados por la burguesía. Sólo una clase revolucionaria podía romper el círculo vicioso en que se agitaba y desintegraba la Revolución. Era esencial que el poder fuese arrebatado de las manos de aquellos elementos que directa o indirectamente estaban sometidos a los intereses de la burguesía y que empleaban la maquinaria gubernamental para oponerse a las demandas revolucionarias del pueblo.

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