Historia de la Revolución Rusa by Leon Trotsky

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El 23 de marzo entraban en la guerra los Estados Unidos. Era el mismo día en que Petrogrado enterraba a las víctimas de la revolución de Febrero. Aquella manifestación luctuosa, pero solemne y luminosa, en el fondo, fue el grandioso acorde final de la sinfonía de los cinco días. Todo el mundo acudió al entierro: los que habían combatido al lado de los caídos, como los que querían evitar la lucha; probablemente, también los que les habían matado y, sobre todo, los que habían quedado al margen de la contienda. Obreros, soldados, gente humilde de la ciudad, estudiantes, ministros, embajadores, respetables burgueses, periodistas, oradores, los jefes de todos los partidos. Desde los suburbios, iban llegando al campo de Marte soldados y obreros, llevando a hombros los ataúdes rojos. Cuando empezaron a depositar los féretros en la tumba, en la fortaleza de Pedro y Pablo sonó el estampido de la primera salva, estremeciendo a las inmensas masas populares. Los cañones sonaban de una manera nueva para el pueblo: ¡son nuestros cañones, nuestras salvas! La barriada de Viborg acudió con cincuenta y un ataúdes rojos. No era más que una parte de las víctimas, de que se enorgullecía aquel barrio de trabajadores. En el desfile de los obreros de Viborg, que era el grupo más compacto, se destacaban numerosas banderas bolcheviques. Pero ondeaban pacíficamente al lado de las otras. Sólo quedaron en el campo de Marte los miembros del gobierno, del Soviet y de la Duma nacional, difunta ya, pero que no se resignaba a ser enterrada. Durante el día desfilaron por delante de las tumbas, con banderas y músicas, sus buenas ochocientas mil personas. Y aunque los más altos prestigios militares habían dado por sentada que una masa humana como aquélla no podría desfilar en el tiempo señalado sin que se produjeran el mayor de los caos y los tumultos más funestos, la manifestación discurrió en un orden completo, característico de las manifestaciones revolucionarias en que domina la satisfacción de la gran obra iniciada, unida a la esperanza de un cambio más favorable para el futuro. Este estado de espíritu, y sólo exclusivamente él, era el que se encargaba de mantener el orden, pues, por entonces, la organización era aún débil, inexperta y tenía poca seguridad en sí misma.

Podría pensarlo que ya el solo hecho de aquel entierro refutaba cumplidamente la leyenda relativa a la revolución incruenta. Sin embargo, el ambiente que reinaba en la ceremonia reproducía, en parte, la atmósfera de los primeros días de la revolución, en que aquella leyenda se había engendrado.

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