Explore "Historia de la Revolución Rusa" by Leon Trotsky on Textopian. Read with annotations and highlights.
Si el símbolo es una imagen concentrada, la revolución es la gran maestra de los símbolos, ya que nos presenta todos los hechos y relaciones en forma concentrada. Lo único que hay es que el simbolismo de la revolución es demasiado grandioso y entra difícilmente en el marco de la creación individual. Por eso es tan pobre la reproducción artística de los más grandes dramas de la humanidad.
La Conferencia nacional de Moscú fracasó, como fácilmente podía preverse, sin haber creado ni resuelto nada. En cambio, ha dejado al historiador una huella inapreciable, aunque negativa, de la revolución, en la que la luz aparece como sombra, la debilidad como fuerza, la avidez como desinterés, la perfidia como valor supremo. El partido más poderoso de la revolución, ese mismo partido que diez semanas después había de asumir el poder, quedó fuera de la Conferencia, como algo que no merecía ninguna atención. En cambio, fue aceptado un «partido del socialismo evolutivo» que nadie conocía. Kerenski se presentó como la encarnación de la fuerza y de la voluntad. De la coalición, que había dado ya todo lo que podía dar de sí en el pasado, se hablaba como de un medio de salvación para el futuro. Kornílov, odiado por millones de soldados, fue saludado como el jefe amado del ejército y del pueblo. Los monárquicos y los «cien negros» se deshicieron en manifestaciones de amor hacia la Asamblea constituyente. Diríase que todos aquellos que estaban llamados a desaparecer en breve de la escena política, se habían puesto de acuerdo para desempeñar por última vez sus mejores papeles. Con todas sus fuerzas se apresuraban a decir: he aquí lo que quisiéramos ser, lo que podríamos ser si nadie nos estorbara. Pero les estorbaban los obreros, los soldados, los campesinos, las nacionalidades oprimidas. Docenas de millones de «esclavos en rebeldía» no les dejaban manifestar su fidelidad a la revolución. En Moscú, donde habían buscado un refugio, la huelga les pisaba los talones. Perseguidos por la «ignorancia» y la «demagogia», los dos mil quinientos hombres que llenaban el teatro se prometían mutuamente en silencio no destruir la ilusión escénica. De la huelga no hablaba nadie. Todo el mundo procuraba no nombrar a los bolcheviques. Sólo Plejánov aludió de pasada al «triste recuerdo de Lenin», como si se tratara de un adversario definitivamente liquidado. El cliché negativo fue, pues, mantenido hasta el fin: en el reino de las sombras de ultratumba que se presentaban como las «fuerzas vivas del país», el auténtico caudillo popular no podía aparecer más que como un difunto político.