¡Pobre Dolores! by Fernán Caballero — Read

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El exclaustrado que había recogido la excelente familia de López se llamaba el Padre Nolasco, y era un buen señor. No había inventado la pólvora, ni la imprenta, ni era colaborador de ninguna enciclopedia; pero sabía lo que tenía que saber para el cumplimiento de sus funciones. Si le faltaba un algo de dignidad, sobrábale celo y conocimiento del pueblo, de sus costumbres y de su lenguaje para atraerlo a la senda del bien; lo que lograba alguna vez con un ¡caramba! dirigido a los mayores, y con un sosquín aplicado a los chicos. Como el instinto del pueblo es tan justo y perspicaz, por lo mismo que no tiene esa espuma de cultura, -que no basta para penetrar, y sobra para extraviar,- conocían que el Padre no perdía la derechura. Así es que le querían y veneraban, aunque a veces se reían de sus cosas.

Atento a esto, haremos una salvedad al mismo tiempo que una observación; y es: que hay dos clases de risas muy distintas, o mejor dicho, contrapuestas: la risa benévola, y la risa despreciativa. La primera es dulce, alegre e inofensiva; la segunda es amarga, poco alegre y zahiriente. La primera nace de un corazón sano, como los claros borbotones de un manantial de aguas claras; la otra nace de un corazón duro y acerbo, y filtra como un licor corrosivo que quema y ennegrece cuanto toca. La una se corona de flores; la otra se reviste de púas. Inútil es añadir que la que inspiraba las cosas del buen Padre, que era queridísimo de todos, era la primera.

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