¡Pobre Dolores! by Fernán Caballero — Read

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Esteban había sido conducido a Sevilla, y debía ser juzgado por un Consejo de guerra.

En los interrogatorios había sostenido con calma y firmeza que él no había cometido el crimen que se le imputaba. Reconocido por el hortelano de la viuda, que fue el primero que había acudido al lugar de la catástrofe, y que le había hablado, no negaba su presencia, pero negaba el crimen. Reconvenido con la objeción de que hallándose allí en el momento de suceder la muerte, debería haber visto al asesino, lo negaba; lo cual aumentaba las flagrantes pruebas de culpabilidad que contra él se aglomeraban. Su salida o fuga de Rota a esa hora, a pesar de declarar que era aquél el destino de su viaje; su afán al siguiente día en recorrer las tabernas de Sanlúcar con el marcado fin de saber cuanto de la catástrofe se decía, y averiguar si había muerto el herido; alguna turbación y vacilamiento en sus respuestas; todo atestiguaba de tal manera en contra de él, y el crimen era tan horroroso, que se le impuso por unanimidad la sentencia de muerte.

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