Historia de las izquierdas en España (1789-2022)

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En este capítulo también se rompen las cronologías habituales de la historia política. La muerte del dictador en 1975 condicionó la vida política, sin duda, pero los cambios ocurridos en las izquierdas se gestaron desde dos décadas antes. Y esos cambios, ensamblados con las transformaciones socioeconómicas, dieron paso a catorce años de Gobiernos socialistas, bajo cuyos mandatos emergió esa otra España que se cataloga como posindustrial. En concreto, un abanico temporal tan amplio, entre 1956 y 1996, albergó realidades inéditas que le dan coherencia al periodo y se pueden esquematizar en los ocho siguientes hitos: el ascenso del PCE-PSUC a fuerza hegemónica de la oposición a la dictadura desde su política de reconciliación en 1956 hasta la Transición; el eclipse, poco explicado, del anarquismo durante el segundo franquismo; el nacimiento de un nuevo sindicalismo, representado por las Comisiones Obreras; la decadencia de los partidos republicanos en el exilio hasta su práctica desaparición -salvo Esquerra Republicana de Cataluña-, al apropiarse tanto el PCE como PSOE de su tradicional programa reformista y democratizador; el terror de ETA, cuyos verbos de izquierdas con prácticas de nacionalismo totalitario pusieron en peligro permanente la construcción de la democracia; el ascenso del PSOE, por mandato electoral, a responsable de la cimentación del Estado social y democrático de derecho; la fuerza de un feminismo de izquierdas que se hizo realidad institucional con los Gobiernos socialistas; y, en fin, como octavo factor y telón explicativo permanente, las transformaciones propias del cambio de una sociedad agraria a otra industrial que, de inmediato, se convirtió en posindustrial o sociedad de servicios, con los consiguientes vuelcos en la estructura social y en los comportamientos políticos y culturales.

Para explicar el declive del movimiento anarquista, tan decisivo en la historia de España hasta 1939, se alega habitualmente la represión sufrida y las subsiguientes dificultades organizativas. Pero en la trayectoria de la CNT hay que recordar la primacía que tuvo una concepción fundamentalista de los principios sobre el pragmatismo. De este modo, tras la derrota de las guerrillas, no hubo reflexiones estratégicas para luchar contra la dictadura, como tampoco para reajustar desde los años sesenta sus principios y metas a las requisitorias de una nueva clase obrera primero y luego a la realidad democrática organizada en la Transición. En todo caso, que se hunda una utopía por la que lucharon cientos de miles de personas, en demasiados casos practicando la violencia, y también entregando su vida, es motivo para la reflexión sobre la capacidad de cambio de aquellos dogmas políticos que se enarbolan por encima de las esperanzas concretas y las expectativas inmediatas de la sociedad en la que se vive. No cabe duda de que la utopía sueña con una sociedad perfecta como alternativa a las injusticias y destrozos de la sociedad real, y esto puede embelesar a muchas de las personas que sufren esas injusticias. En el camino también plantean mejoras que, en el caso del anarquismo, se tradujeron en conquistas sociales, tal y como se ha expuesto en capítulos anteriores. Ahora bien, el rumbo de una sociedad, con intereses e ideales contrapuestos, está marcado por resistencias recíprocas, y en ese devenir los sueños utópicos, de cualquier signo, tienden a desvanecerse.

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