El poder y el delirio by Enrique Krauze — Read

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Ramón Espinasa fue el economista en jefe de PDVSA antes del régimen de Chávez, entre 1992 y 1999. Me ha citado en el Café Olé en las Mercedes. Ramón es hijo de inmigrantes españoles, en su caso catalanes, que llegaron a Venezuela en 1947. Ingeniero industrial por la Universidad Católica de Caracas, ahora trabaja en el Banco Iberoamericano de Desarrollo. Vive en Washington, con el corazón en Venezuela. «Freud dijo que todos llevamos inscrito el destino de nuestros padres en nuestra vida, pero nunca pensé que la fatalidad del destierro, el exilio, reincidiera en mi vida». Esa desolación invade a decenas de miles de venezolanos hoy en día. Agricultores, comerciantes, industriales, a veces de avanzada edad, han emigrado. «Los técnicos de PDVSA expulsados por Chávez -me dice Espinasa- ahora trabajan en Calgary, Houston, México, Colombia y Riad».

La sangría le ha costado muy cara al régimen de Chávez. La producción total en Venezuela, tanto de PDVSA como de asociaciones estratégicas, ha pasado de cerca de tres millones de barriles diarios de crudo a mediados de 2000 a poco más de 2,4 millones de barriles diarios a fines de 2007. Cifra baja tomando en cuenta que su cuota asignada por la OPEP es de 3,3 millones. La caída vertical de la producción no solo se debe a la falta de inversión en el sector sino a la falta de capacidad ejecutiva, gerencial, ingenieril. Los elogios que ahora recibe Petrobras palidecen frente a los que en su momento recibió PDVSA. «Ahora -dice Espinasa- PDVSA no es siquiera una caricatura de lo que fue, está diezmada y no se recuperará. Creo que es el epítome de la obra destructora de este régimen. Está destruida igual que el Poder Judicial o el Legislativo». Quienes operan PDVSA no tienen en absoluto capacidad gerencial, pero para los efectos que ahora ocupan a la empresa tampoco la necesitan: PDVSA es una especie de superministerio paralelo dedicado a «gerenciar» la oferta misionera del Estado.

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