Explore "Macunaíma" by Mário de Andrade on Textopian. Read with annotations and highlights.
Venceslao Pietro Pietra quedó muy enfermo con la soba y estaba todo enguatado en ramas de algodón. Pasó meses en la hamaca. Macunaíma no podía ni dar paso para recuperar la muiraquitán ahora guardada dentro del caracol y bajo el cuerpo del gigante. Imaginó botar unos comejenes en las chinelas del otro, porque, según eso, trae muerte, pero Piaíma tenía el pie hacia atrás y no usaba babuchas. Macunaíma estaba molesto con aquel ata y desata y se pasaba el día en la hamaca masticando cazabe-blando entre largas libaciones de aguardiente-caña. Por ese tiempo vino a pedir posada a la pensión el indio Antonio, santo famoso con la compañera suya, doña Madre de Dios. Visitó a Macunaíma, hizo un discurso y bautizó al héroe ante el dios que habría de venir y que tenía forma ni bien de pez aunque tampoco de tapir. Fue así que Macunaíma entró en la religión Caraimoñaga que andaba haciendo furor por la Tierradentro de Bahía.
Macunaíma aprovechaba la espera perfeccionándose en las dos lenguas de la tierra, el brasileño hablado y el portugués escrito. Ya le sabía el nombre a todo. Una vuelta fue día de la Flor[70], fiesta inventada pa que los brasileños fueran caritativos y había tantos mosquitos carapanás que rajó del estudio y se fue a la ciudad a refrescar las ideas. Fue y vio una exageración de cosas. Paraba en cada escaparate y examinaba dentro de él aquella porción de monstruos, tantos que hasta parecía la sierra del Ereret donde todo se refugió cuando la gran crecida inundó el mundo. Macunaíma paseaba y volvía a pasear y se encontró a un cuñataí con un jacubo de junco cargadito de rosas. La mocica hizo que parara y le puso una flor en la solapa suya, diciendo: