De Oñate a la granja by Benito Pérez Galdós

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¿Y qué le decía el castrense andaluz? Nada que pudiese interesarle. Empezó declarándose liberal, atribuyendo el radicalismo de sus ideas a la influencia de las clases y oficialidad del _ilustrado_ regimiento de la Guardia en que servía. Refractario al despotismo, Ibraim sostenía que la Iglesia de Cristo y la Libertad podían comer en un mismo plato. El clero regular no servía más que para desacreditar con su holganza la santa religión. Con el clero parroquial, el catedral y el castrense bastaba para esplendor de la Iglesia, y conservar la pureza del dogma. Por no enredarse en disputas que excitarían más la verbosidad del capellán, Hillo daba su asentimiento a las estolideces que oía. Y algo dijo el otro después que le cargó soberanamente, por ejemplo: que entre los clérigos amigos de ambos criticaban a Hillo por meterse en belenes revolucionarios, arrimándose a las logias; y aunque su prisión había sido, según se contaba, un error de la policía, no le hacía favor el paso por el Saladero. Por lo demás, le veía con gusto entre los pocos eclesiásticos que hacían ascos a la facción, y se agarraban a las falditas de la _angélica Isabé_, pues el carlismo no había de triunfar, y el porvenir era de los de acá, conforme al _ejpíritu der siglo_. Él iba siempre con _er siglo_, y por ver en su compañero iguales ideas, _simpatisaban_. Debía don Pedro mirar con desprecio las murmuraciones oscurantistas, y seguir adelante, procurando ingresar en el cuerpo castrense, pues convenía formar un plantel de capellanes, _gente güena_, que diera la norma del futuro personal eclesiástico; y si venía una ley (que sí vendría) abriéndole el caminito de los cabildos catedrales, como descanso y premio del militar servicio, la carrera _de tropa_ era una _bendisión_. Cierto que la vida de campaña tenía sus trabajos y penalidades; pero todo se compensaba con lo divertido de andar entre gente ilustrada y de humor alegre, y con lo que _uno se solasa_ cuando le toca la _sircustansia_ de un buen alojamiento.

Seguía Hillo dando a todo su aquiescencia, por ver si paraba un poco el molinillo de la palabra de Ibraim; pero ni por esas. Mientras más conforme aparecía don Pedro, el otro apretaba más en su despotrique, y, por fin, se metió en la política palpitante. A Mendizábal no le podía ver, aunque eran casi paisanos (don Víctor había visto la luz en Coria del Río, _a la verita e Seviya_). Mil ejemplos podría citar el clérigo hablador del detestable gobierno de don _Juan y Medio_; pero como para muestra bastaba un botón, denunciaría la incapacidad del ministro con este solo caso. A poco de sentarse en la poltrona el gaditano, llegó él (Ibraim) de la propia Sevilla con buenas recomendaciones. No pretendía cosa mayor: el arcedianato de Morón o la rectoral de Osuna. Trabajó el asunto; ayudáronle los procuradores sevillanos don Juan Morales Díez de la Cortina y don Francisco Javier Osuna. Pero cuando ya creía tener bien trincado lo de Morón, quedose como _er gayo der mismo_, sin pluma y cacareando, porque el _arrastrao don Juan_ dio la plaza a un pariente suyo, un tal Méndez, de Chiclana, que en su vida las había visto más gordas, pues ni latín sabía, y se pasaba el tiempo derribando vacas. Gestionó luego don Víctor lo de Osuna, y quedose también _per istam_. Se lo llevó uno que en sus sermones llamaba a los liberales _loj alurnoj e Lusifé_. Así estaba todo., lo mismo que en tiempo de Calomarde. ¡Y para esto traían de _London un ministro santiguaor que iba a poné la justisia_! . Gracias que el pobre clérigo andaluz, después de _aquer feo que le hiso_ el ministro, pudo encontrar alguna protección en su paisano Joaquín Francisco Pacheco, que le metió en lo castrense con no poco trabajo.

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