Explore "De Oñate a la granja" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Acercábase Ibraim a la mesa, diciendo: «_Cabayeros_.», y al instante empezaban todos a divertirse con su credulidad y falta de seso, encajándole bolas terribles, que ningún estómago, como no fuera el del proceroso castrense, habría podido digerir. Muestra de paparruchas: Aquella misma tarde había junta de rabadanes de la Milicia para acordar el momento preciso de echarse a la calle toda la fuerza popular, proclamando la _Niña bonita_, o sea la Constitución del 12, _el mejor de los códigos_. Ya estaban de acuerdo Quesada, Van Halen, Rodil, el duque de Almodóvar, el de Ahumada y otros generales para secundar el movimiento, fraternizando tropa y milicianos. Se le daría el canuto a doña María Cristina, constituyendo, no Regencia triple, sino Directorio, formado por don Evaristo San Miguel, Palafox y el divino Argüelles. Luego sería nombrado Palafox _Primer Cónsul_. Del general Córdova decíase que se había pasado a don Carlos con parte de su Estado Mayor. Olózaga formaría el primer ministerio del Directorio, con don Eduardo Oliván de ministro de Hacienda, y el infante don Francisco de Marina. La Guardia Real se llamaría en lo sucesivo _la Guardia amarilla_, uniformándose de este color. Y el rudo capellán tragaba, tragaba, salvo en los casos de excesiva magnitud del notición que se le quería ingerir. Después él, llevando la información a otros círculos, lo trabucaba todo, y hacía unos pistos que corrían por Madrid y llenaban de confusión a los ciudadanos pacíficos. En el fondo no era mal hombre; a su amigo don Pedro no le guardaba rencor por la violenta escena y acometida de marras. Siempre que iba a la _mesa de Solís_, preguntaba a Iglesias con vivo interés por el señor de _Jiyo_.
Este no parecía ya por los cafés; pasaba el tiempo en casa, revisando las cartas de la incógnita, y poniéndolas por orden de fechas en paquetitos cruzados con balduque, o bien se iba despacio, solito, por las afueras, meditando en su triste suerte. Sus noches eran casi siempre malas, y las pasaba de claro en claro, sin poder conciliar el sueño. Padecía de un mal que tiene su denominación retórica, como achaque de poetas y de los héroes trágicos y épicos, y consiste en la presencia de personajes imaginarios que hablan, sombras de entes que han existido, y que vuelven a este mundo a manifestar algo de interés para los vivos. A tal forma de personificación llaman los eruditos _idolopeya_. Comúnmente, a don Pedro se le aparecía la incógnita en forma cadavérica, que dejaba entrever su hermosura, y se ponía a decirle cosas. «Me he muerto. ¿No ves que soy difunta? . ¡En buena te he metido, pobre capellán de secano! . Bien hubiera querido evitarlo; pero como me morí tan de repente., ya ves. No puede una dejar de morirse cuando Dios lo dispone. Hice un gran esfuerzo por vivir un poco más, anhelando decirte lo que debía, y librar tu alma de tan grande zozobra, pobre clérigo; pero no pude., y me morí pensando en ti y en él. ¡Pobre Fernando! , ¿qué hará? . Me maldice. Mi alma no halla la paz; la muerte no me ha dado el descanso. Horrible pena, ansiedad sin nombre me hacen insensible a las llamas del purgatorio. No me duelen las quemaduras: me duele la conciencia. Pedro Hillo, perdóname.». Recitado este parlamento u otro no menos espeluznante, la sombra se iba por donde había venido, y don Pedro se cubría la cabeza con la sábana, tratando de evitar la repetición de la _idolopeya_.