De Oñate a la granja by Benito Pérez Galdós

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Avanzada la tarde, se fue generalizando en el pueblo la triste idea de la necesidad de la evacuación. Con un movimiento admirable, nuevo testimonio de las grandes dotes tácticas del insigne Córdova, secundadas por los generales de división Espartero y Ribero, el ejército cristino habíase posesionado con relativa facilidad de las formidables alturas del puerto de Arlabán, y era dueño de las sierras de Elguea y del monte de San Adrián, que cae sobre Aránzazu. Desde las lomas que cercan a Oñate, así como de las torres de las iglesias y de los tejados de algunas casas, se veía perfectamente esta posición, ocupada ya por las tropas de la reina. A poco que estas se dejaran caer, ¡adiós corte de Carlos V, adiós capital del flamante Estado _absolutamente absoluto_! Y no había tiempo que perder. Antes de medianoche era forzoso que escapasen del pueblo, en busca de lugar seguro, el rey con toda su alta y baja servidumbre, el _Ministerio Universal_ con sus dependencias, las Secretarías llamadas _Ministerios_ con sus respectivas cáfilas de empleados, el _Estado Mayor_, todos los ramos y ramilletes de _Guerra_, la _Superintendencia de Vigilancia Pública_, la _Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía_, las diferentes _Intendencias_, _Contadurías_ y _Pagadurías_, la _Maestranza_, etcétera, etc., con todo el papelorio, que en el poco tiempo de existencia formaba ya una costra formidable, y el balduque, los tinteros, las obleas, los polvos de secar, y todo, Señor, todo, pues con ser aquello un reino en miniatura, abultaba ya casi tanto como la mitad o los dos tercios de un reino grande.

Y si no era floja impedimenta la caravana eclesiástica que llevaban por doquiera -capellanes sin número, familiares del obispo de León y de otros reverendos, confesores, ministros de la Generalísima-, la caterva militar y palatina la superaba, pues había _Guardias de honor_ de infantería y caballería para la Real persona, y un cuerpecito de _Guardias de Corps_, que no tenía más objeto que custodiar y hacer los honores debidos al estandarte de la Virgen de los Dolores, que don Carlos llevaba por delante en sus frecuentes correrías de soberano caracol, siempre con el trono a cuestas. No se veían más que señores que, desalados, corrían a las oficinas, a empaquetar legajos, y después a sus casas, con medio palmo de lengua fuera, a guardar las casacas, el que las tenía, y los trapitos de ceremonia.

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