Explore "De Oñate a la granja" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
«Por lo que veo -se decía Fernando haciendo análisis de su propia existencia-, mi destino es sucumbir siempre a las _tiranías cariñosas_. Quiero tener acción propia y no puedo. Pero ya la tendré, que esto no ha de durar. Un mes ha dicho el físico. Pues no está mal que me cure y recobre el uso de mis dos piernas. Porque, lo que dice Demetria: ¿a dónde demonios voy así? Estoy inútil, estoy inválido. ¡Pícaro destino! . ¡Imposibilitarme cuando más necesito de toda mi energía, de mi fuerza corporal! . A estas horas el señor Negretti habrá escrito a Aura diciéndole que me ha visto. ¿Y qué pensará Aura de mí, si transcurre mucho tiempo sin noticias.? En la primera parada que hagamos escribiré a don Ildefonso. Pero sabe Dios si recibirá la carta. Dudo que haya correos regulares entre este país y la corte trashumante. Veremos, me informaré. Y adelante, cúmplase el destino. Nuestras pobres vidas obedecen a un gobierno superior y como dice Miguel de los Santos, nada podemos contra la soberana disposición que nos arroja al sur como pelota cuando queremos ir al norte. ¡Felices los pájaros, que van a donde quieren.! ».
No eran aún las diez, cuando ya Demetria había dispuesto con primor minucioso la galera destinada a Fernando. Excelentes colchones y almohadas, mantas de abrigo, cortinas que por ambas bocas del toldo resguardaran del frío el interior, nada faltaba. Mirando también a la decencia, determinó que el herido fuese solo en la galera mayor, arreglándose las dos hermanas en otra más pequeña, tampoco desprovista de comodidades. En la pequeña metieron varias cestas con víveres y bebidas, lo mejor que se pudo encontrar en el pueblo. Como tenía la mayorazga barro a mano, de nada quiso privarse, y el viaje había de ser como a personas tan principales correspondía. Pensó tomar dos mozos de la servidumbre del señor Guinea, que les acompañarían en todo el camino: uno para que fuese al cuidado de don Fernando en el primer vehículo, y otro al de ellas en el segundo; pero poco antes de partir presentose uno de los criados de Castro que habían salido a buscarlas, de lo que se alegraron y se entristecieron las dos niñas, porque el gozo de verle se amargaba con la pena de notificarle la pérdida del amo y señor de todos, don Alonso. Lloraron un poquito las huérfanas y su servidor, que se llamaba Bernardo, mozo muy despierto que valía por dos, y no faltando ya nada, dio la señora orden de partir. Despidiose el carretero de Lamiátegui, no sin que mediara una breve querella entre Fernando y Demetria sobre cuál de los dos le pagaba. Pero la de Castro cedió sin mostrarse obstinada, dejando al caballero todo el goce de su delicadeza. Bueyes tiraban de las galeras, por no haber animales de paso más vivo, lo que en realidad no era desventajoso, porque con el lento andar de los rumiantes iba más reposado el herido, y lo que perdían en tiempo ganaríanlo en comodidad. Salió Serrano a despedirles, acompañado de otro oficial, como él guapín, simpático, con ricitos sobre la blanca frente, y al presentarle añadió: