Explore "El décimo hombre" by Graham Greene on Textopian. Read with annotations and highlights.
Durante veinticuatro horas le resultó extraño e ingrato vivir en su propia casa como un hombre para todo, pero al cabo de otras veinticuatro se le hizo familiar y apacible. Si un hombre ama un lugar suficientemente no necesita ser su propietario: le basta saber que está seguro e inalterado, o al menos modificado de forma natural por el tiempo y la circunstancia. Madame Mangeot y su hija eran como inquilinos temporales: si descolgaban un cuadro lo hacían únicamente por alguna razón práctica -para no tener que quitarle el polvo, no porque desearan colocarlo en otro sitio-; nunca hubieran talado un árbol con la idea de tener una nueva panorámica, ni hubieran remozado una habitación por satisfacer un antojo del momento. Incluso era exagerado considerarles como huéspedes legítimos; más parecían gitanas que habían encontrado la casa vacía y ahora ocupaban unos pocos cuartos, cultivaban un rincón del huerto bien alejado de la carretera y se esmeraban en no provocar humo por el que pudieran ser detectadas.
No era una mera fantasía: descubrió que real mente tenían miedo del pueblo. Una vez a la semana la muchacha iba al mercado de Brinac, e iba y venía a pie, a pesar de que Charlot sabía que podría haber alquilado una carreta en St. Jean; y una vez por semana la anciana acudía a misa, y su hija la llevaba hasta la puerta de la iglesia y la esperaba a la salida. La mujer nunca entraba hasta unos instantes antes de la lectura del Evangelio, y en el preciso momento en que el cura había pronunciado el Ite Missa se ponía de pie. De este modo evitaba todo contacto con los feligreses fuera de la iglesia. Este hecho convenía a Charlot. Ninguna de las dos juzgaría extraño que él también evitase el pueblo.