La conquista del Perú

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El campo de Cajamalca abundante en provisiones de primera necesidad, proporcionó a la división expedicionaria todos los recursos necesarios, y ricas en minerales las montañas que la rodeaba, les habían también suministrado salitres y proyectiles suficientes para pensar en grandes empresas. Cuatro mil desgraciados esclavos que gemían bajo las imperiosas órdenes de Pizarro, servirían de acémilas para los transportes, y la división expedicionaria tendría toda la movilidad que el activo conquistador y las necesidades del momento reclamaran. El valiente capitán Manuel Ojeda quedó encargado del mando de la ciudad con cien veteranos soldados que la guarnecían; y oficiales subalternos, dependientes de sus órdenes, mandarían los destacamentos que se extendieran por Tumbez y San Mateo, para tener protegida la retaguardia, facilitar los desembarcos, y asegurar las comunicaciones con las colonias y la Metrópoli, y así los denodados aventureros rompieron su movimiento sobre Cuzco con estruendo y algazara, no cual si marcharan al combate, sino cual si entonaran ya la victoria entre los despojos del botín.

El ejército peruano al mando de Huascar, reconocido universalmente por sucesor del Inca y jefe del imperio, había entrado en Cuzco, donde reforzado con nuevos levantamientos de tropas, subía a una fuerza de setenta mil hombres completamente equipados según su modo de hacer la guerra. Nada ignoraban de las violencias cometidas por los invasores en Cajamalca, sabían las víctimas que inmolaban en las excavaciones y explotaciones de las minas y conducción de los transportes; sabían la inicua ley que los condenaba a renegar de sus dulces creencias y a la esclavitud, o a morir entre las llamas, y todo el ejército, animado por el valiente Huascar, estaba decidido a morir en el campo de batalla, o hundirse entre los escombros del Cuzco, antes que ser esclavos de los venidos del Oriente. Un respetable congreso de ancianos contribuía con su consejo al régimen del imperio; y Vericochas hablando en nombre del Sol a los Peruanos, con el lenguaje de los Dioses, no con el de la muerte y el exterminio, encendía dulcemente los ánimos para ser victimas gloriosas, antes que ingratos a los beneficios del astro luminoso. Ocollo inconsolable lloraba a su adorado Inca; sus virtudes y su pura castidad la merecieron el respeto y la admiración de Huascar, de Vericochas y del senado; y en los actos religiosos era la primera que juraba ante las aras del Sol, morir por la religión y la libertad de su patria, y al recordar el libidinoso amor que Pizarro la declaró en los angustiados momentos, se conturbaba su corazón y se horrorizaba su alma. Coya llena de fuego, abrasada de amor por Almagro, sólo hallaba consuelo cebándose en su mismo dolor. Almagro era su alentar y sus delicias, había conocido la simpatía de sus almas, y Coya era la víctima más triste del amor. Había renegado de sus creencias y hecho la protestación de fe a un Dios que no conocía, pero que adoraba por ser el Dios de su Almagro. La sombra de su patria conturbaba sus sueños, la sombra de su adorado la despedazaba el corazón.

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