Read "Zadig Ó El Destino" by Voltaire online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Miéntras este viage á Basora, concertáron los sacerdotes de las estrellas el castigo de Zadig. Pertenecíanles por derecho divino las piedras preciosas y demas joyas de las viudas mozas que morian en la hoguera; y lo ménos que podian hacer con Zadig era quemarle por el flaco servicio que les habia hecho. Acusáronle por tanto de que llevaba opiniones erróneas acerca del exército celestial, y declaráron con juramento solemne que le habian oido decir que las estrellas no se ponian en la mar. Estremeciéronse los jueces de tan horrenda blasfemia; poco faltó para que rasgaran sus vestiduras al oir palabras tan impías, y las hubieran rasgado sin duda, si hubiera tenido Zadig con que pagarlas; mas se moderáron en la violencia de su dolor, y se ciñéron á condenar al reo á ser quemado vivo. Desesperado Setoc usó todo su crédito para librar á su amigo, pero en breve le impusiéron silencio. Almona, la viuda moza que habia cobrado mucha aficion á la vida, y se la debia á Zadig, se resolvió á sacarle de la hoguera, que como tan abusiva se la habia él presentado; y formando su plan en su cabeza, no dió parte de él á nadie. Al otro dia iba á ser ajusticiado Zadig: solamente aquella noche le quedaba para libertarle, y la aprovechó como muger caritativa y discreta.
Sahumóse, atildóse, aumentó el lucimiento de su hermosura con el mas bizarro y pomposo trage, y pidió audiencia secreta al sumo sacerdote de las estrellas. Así que se halló en presencia de este venerable anciano, le habló de esta manera: Hijo primogénito de la Osa mayor, hermano del toro, primo del can celeste (que tales eran los dictados de este pontífice), os vengo á fiar mis escrúpulos. Mucho temo haber cometido un gravísimo pecado no quemándome en la hoguera de mi amado marido. Y en efecto, ¿qué es lo que he conservado? una carne perecedera, y ya marchita. Al decir esto, sacó de unos luengos mitones de seda unos brazos de maravillosa forma, y de la blancura del mas puro alabastro. Ya veis, dixo, quan poco vale todo esto. Al pontífice se le figuró que esto valia mucho: aseguráronlo sus ojos, y lo confirmó su lengua, haciendo mil juramentos de que no habia en toda su vida visto tan hermosos brazos. ¡Ay! dixo la viuda, acaso los brazos no son tan malos; pero confesad que el pecho no merece ser mirado.