Read "George Sand y Chopin" by Rubén Darío online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
- Era una dama poco cómoda - dije.
- Lo mismo dirían sus enamorados - contestó lady Perhaps . Y, en su tiempo, quizás usted hubiera sido uno de ellos.
- Lo dudo. Una literata, casi no es una mujer: es un colega. Usted conoce la frase de cierto conde francés, marido de una poetisa y escritora bastante linda: «¡Estoy lucido! He venido a darme cuenta un poco tarde de que me he casado con Maurice Barres, con Lavedan y con otros señores que habitan dentro de la piel de mi mujer».
El automóvil iba de la manera que le agradaba al shah de Persia: despacio; lo cual no era completamente del agrado de Salas, el intrépido y grato sportsman que nos conducía; de Aris, médico de gallardos ímpetus y amigo de humanidades; y aun de Gabriel Alomar, que ama todo lo dinámico. Yo representaba al shah de Persia, en unión de Joan Sureda, el castellano de Valldemosa. La gallarda inglesa estaba completamente de nuestra parte.
- Esta excursión -dijo- será en honor y memoria de George Sand.
La carretera se extendía entre dos vastos olivares, los olivares centenarios que inspiraron a Gustavo Doré sus árboles antropomorfos en una de las más admirables ilustraciones de la Divina comedia. En realidad, ese trecho semeja un capítulo de Ovidio. Es un pueblo de troncos, cuyos gestos y aspectos no pueden ser más humanos. Humanos y diabólicos. Imaginaos una de esas ciudades que en las Mil y una noches quedan de improviso transformadas; una población que se petrifica, por la virtud de un mal genio. Aquí la voluntad del encantador tornó en figuras vegetales las figuras de los hombres. Y ahí entra el imperio de la fantasía. Los olivos retorcidos expresan con sus apariencias designios y voluntades. George Sand, en su libro Un hiver à Majorque, habla de los olivos mallorquines en términos de romántico entusiasmo: «Al ver el aspecto formidable, el grosor desmesurado y las actitudes furibundas de esos árboles misteriosos, mi imaginación los ha aceptado de buena voluntad por contemporáneos de Aníbal. Cuando se pasea uno por la tarde a su sombra, preciso es que se acuerde bien de que aquellos son árboles; pues si daba crédito a los ojos y a la meditación, quedaría uno espantado en medio de esos monstruos fantásticos; los unos, encorvándose hacia vosotros como dragones enormes, con la boca abierta y las alas desplegadas; otros, arrollándose sobre sí mismos como boas entumecidas; otros, abrazándose con furor como luchadores gigantescos.
Aquí hay un centauro al galope, llevando sobre su grupa no sé qué horrible mona; allí un reptil sin nombre que devora una cierva jadeante; más lejos, un sátiro que baila con un macho cabrío menos deforme que él; y, a menudo, es un solo árbol resquebrajado, nudoso, torcido, giboso, que tomaríais por un grupo de diez árboles distintos y que representa todos esos diversos monstruos para reunirse en una sola cabeza, horrible como la de los fetiches indios y coronada por una sola rama verde como una cimera. George Sand pasó por aquí en birlocho. Yo iba en el caballo de hierro que se nutre de esencias y de espacio. Y al paso del auto parecíame que los árboles se animaban; y que la inmovilidad de los olivos viejos se suspendía por instantes, por virtud de las hamadriadas que habitan en ellos. Parecía como que se animaban los rugosos troncos, raras esculturas que complacerían a Rodin.
Leonardo de Vinci encontraría en ellos más de una revelación y Novalis las agregaría a sus comentarios. Hay, ciertamente, como la Sand lo dice, algo semejante a grupos escultóricos: hay centauros y lapitas; hay Laocoontes, hay toros Farnesios. Mas todo como brotado en pesadilla o entrevisto en un sueño. Aquí evoco a la divina Mirra:
.; nam crura loquentis Terra supervenit ruptosque obliqua per ungues Porrigitur radix, longi firmamina trunci; Ossaque robur agunt mediaque manente medulla Sanguis it in sucos in cortice vultus.
Más allá el castigo que impone la cólera de Baco a las ménades asesinas del maravilloso Orfeo:
Quippe pedum digitos, in quantum est quaque secuta, traxit et in solidam detrusit acumina terram.; o bien Apolo, indigno de la desnudez de las ninfas, metamorfoseado en el olivo silvestre:
Arbore enim est sucoque licet cognoscere mores; Quippe notam linguae bacis oleaster amaris Exhibet; asperitas verborum cessit in illas.
Tales figuraciones forman el capricho de la naturaleza en los juegos de las rocas, en las estalactitas y estalagmitas de las grutas, en las conchas marinas, en las manchas de la humedad, en las nubes del cielo. Más acá el museo, como en las fantasías minerales, persevera al paso de los siglos; y los moros, y los cartagineses, pudieron ver lo que yo vi. Dijérase que la carne del olivo se sustentase unida a los huesos de la tierra; y que en ese árbol ilustre se mellase el alma del tiempo.
Sorbiendo segundos, adelantamos por distintos panoramas. Altas rocas legendarias. Cuevas como para bandidos a la antigua. «Aquí, en esta cueva, cuenta Alomar, Rusiñol y otros hombres de alegría asaltaron a un amigo, enmascarados y vestidos de legítimos bandidos de Calabria.» La ocurrencia es artística y el lugar apropiado. Y George Sand ha escrito: «Mallorca es la verde Helvecia, bajo el cielo de Calabria, con la solemnidad y el silencio del Oriente». ¡Haber podido ver al poeta de los jardines de España, con las barbas hirsutas, el sombrero de punta y el trabuco de ancha boca extraído de la tranquilidad de no sé qué venerable panoplia!
Ascendemos por los montes. Sonríen valles de égloga. En los huertos resalta el oro rojo de las naranjas. Hay almendros en flor. La luz fresca vibra sobre las alturas y baja como fundida con el viento a los valles pintorescos.
He ahí por fin el panorama de Valldemosa; he ahí Valldemosa. Desde lejos advertimos el castillo - o la torre, como aquí se dice - de Joan Sureda. Y la famosa Cartuja, en que pasaron largos días la Sand y Chopin.
-En dulce idilio - dice lady Perhaps.
A la cual desbarato la ilusión:
- ¡En fastidioso, en molestísimo idilio, mi noble señora!