Read "Todavía Sobre George Sand" by Rubén Darío online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Acabado que fue el sabroso yantar, fue de nuevo la amante de Chopin el tema de la conversación. La amante de Chopin, de Musset, de Pierre Leroux, de. mil y tres. ¡Doña Juana! Una doña Juana con refinamientos y locuras que erizaron, como es bien sabido, el burgués juicio de su esposo, M. Dudevant. ¿No llegó este excelente señor a acusar a su oíslo de actos tan solamente semejantes a los que han sido señalados en Agripina, en Catalina de Médicis, en María Antonieta?. ¡En el proceso de divorcio se dijeron tantas cosas!
El marido no vaciló en afirmar que Mlle. Solange era conocedora de iconografías vedadas, gracias a la autora de Lelia, que le permitía asimismo familiaridades con sus amigos. Calumnias, dijo el abogado defensor. Vale más, o no, que repitamos lo mismo. Lo que hay que notar es que los hijos recibían una educación no precisamente severa. Tal les vemos acompañando a la ultrarromántica pareja. He aquí una curiosa carta que, en marzo de 1896, recibió el señor Estelrich, del Honor Sebastián Nadal, a la sazón de edad de ochenta y un años, el cual Honor vio y conoció a George Sand cuando habitaba su celda de la cartuja de Valldemosa:
«Valldemosa, y marzo de 1896. - Apreciado señor mío: La señora francesa de quien usted me pide noticias se llamaba madama Sand y su compañero, M. Federico Chopin, al parecer como casados. Ella era una gran escritora, él un gran pianista. Madama Sand escribía muchas veces dentro del cementerio de los frailes debajo de un gran palmito que allí había y que tenía el tronco como un cuarterón. Tenía dos hijos, no recordando bien si había uno varón, aunque lo creo, pero sé de cierto que era hembra el otro que tenía menos años. Por el carnaval fuimos disfrazados, algunos jóvenes de buen humor, capitaneados por el abogado Prohens, de Palma, a visitar a la señora Sand en su celda que, si no me equivoco, era la cuarta o la quinta del corredor. Esto era el año 38 o 39 de la presente centuria.» Al parecer, como casados, dice el honor. Ya es de suponerse el singular matrimonio de música, literatura exaltada, sangre cálida, y tisis. En el libro en que la autora narra las impresiones de ese invierno en la cartuja de Valldemosa, hay espeluznantes detalles. «.Estas moradas siniestras, dice George Sand, consagradas a un culto más siniestro todavía, obran un tanto sobre la imaginación, y desafiaría al cerebro más calmoso y más frío a que se conservase allí largo tiempo en un estado de perfecta salud. Estos pequeños miedos fantásticos, si así puedo llamarlos, no dejan de tener su atractivo; y son, sin embargo, lo suficiente reales, para que sea necesario combatirlos en uno mismo. Confieso que no he atravesado ninguna vez el claustro al anochecer sin una cierta emoción mezclada de angustia y de placer, que no dejaba que traslucieran mis hijos, por temor de hacérsela compartir. Y, sin embargo, no parecían dispuestos a ello, pues corrían al claro de luna bajo los arcos rotos, que verdaderamente parecían convocar al aquelarre. Les he conducido varias veces cerca de medianoche al cementerio.» No puede ser más interesante la educación que uno ve dar a esos singulares muchachos por tal manía extraordinaria. Felizmente para ellos los paseos macabros cesan ante la aparición, una noche, de cierto viejo borracho y amenazante criado de los monjes. «Entraba en casa de María Antonia (la criada), a la que infundía gran miedo, y haciéndole largos sermones entrecortados por cínicos improperios, se instalaba al lado de su brasero hasta que el sacristán venía a arrancarle de allí a fuerza de halagos y artificios; pues el sacristán no era muy valiente y temía enemistarse con él.
Entonces, nuestro hombre venía a llamar a nuestra puerta a horas desusadas, y cuando se fatigaba de llamar inútilmente al padre Nicolás, que era su idea fija, se dejaba caer a los pies de la Virgen, cuyo nicho estaba situado a algunos pasos de nuestra puerta, y se quedaba dormido, con su cuchillo abierto en una mano y su rosario en la otra.» ¡Poned a todo eso música de Chopin, la música del piano, los improvisados nocturnos en que daba su alma a la noche el demacrado artista que tenía por dentro a la muerte, royéndole los pulmones!
George Sand veía a Mallorca como tierra de color y de sol, país para pintores. Así ella da gracias a Dios por haberle dado muy buenos ojos. La viajera es también excelente observadora. De tal manera, no dejará de apuntar datos sobre las producciones del suelo, sobre el elemento étnico, sobre los cactos y sobre los cerdos. «Estos animales, querido lector, son los más hermosos de la tierra, y el docto Miguel de Vargas, con la más ingenua admiración, hace el retrato de un puerco joven, que a la cándida edad de un año y medio pesaba 24 arrobas, o sea 600 libras.» «Los mallorquines llamarán a este siglo, en los siglos futuros, la edad del cerdo, como los musulmanes cuentan en su historia la edad del elefante.» «El cerdo no permite que nada se desperdicie, porque el cerdo lo aprovecha todo, y es el más hermoso ejemplo de voracidad generosa, unida a la sencillez de los gustos y de las costumbres, que puede ofrecerse a las naciones. Goza, por lo tanto, en Mallorca, de derechos y de prerrogativas que jamás se pensó, hasta entonces, en conceder a los hombres.» «Gracias al cerdo he visitado la isla de Mallorca, pues si hace tres años se me hubiera ocurrido visitarla, habría tenido que renunciar a mi deseo por no hacer un viaje largo y peligroso en buque de vela.» «Es hermoso ver con qué cuidados y con qué ternura son tratados a bordo estos señores (los cerdos), y con qué amor se les coloca en tierra. El capitán del barco es un hombre muy amable que, a fuerza de vivir y de hablar con estos nobles animales, se ha asimilado por completo su gruñido y aun un poco de su desenvoltura.