Read "Los Trabajos de Persiles y Segismunda" by Miguel de Cervantes Saavedra online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
-«Si es verdad, como lo es, ser dulcísima cosa contar en tranquilidad la tormenta, y en la paz presente los peligros de la pasada guerra, y en la salud la enfermedad padecida, dulce me ha de ser a mí agora contar mis trabajos en este sosiego; que, puesto que no puedo decir que estoy libre de ellos todavía, según han sido grandes y muchos, puedo afirmar que estoy en descanso, por ser condición de la humana suerte que, cuando los bienes comienzan a crecer, parece que unos se van llamando a otros, y que no tienen fin donde parar, y los males por el mismo consiguiente. Los trabajos que yo hasta aquí he padecido, imagino que han llegado al último paradero de la miserable fortuna, y que es forzoso que declinen: que, cuando en el estremo de los trabajos no sucede el de la muerte, que es el último de todos, ha de seguirse la mudanza, no de mal a mal, sino de mal a bien, y de bien a más bien; y éste en que estoy, teniendo a mi hermana conmigo, verdadera y precisa causa de todos mis males y mis bienes, me asegura y promete que tengo de llegar a la cumbre de los más felices que acierte a desearme. Y así, con este dichoso pensamiento, digo que quedé en la nave de mis contrarios, ya rendidos, donde supe, como ya he dicho, la venta que habían hecho de mi hermana y de las dos recién desposadas pescadoras, y de Cloelia, al príncipe Arnaldo, que aquí está presente.
»En tanto que los míos andaban escudriñando y tanteando los bastimentos que había en el empedrado navío, a deshora y de improviso, de la parte de tierra descubrimos que sobre los hielos caminaba un escuadrón de armada gente, de más de cuatro mil personas formado. Dejónos más helados que el mismo mar vista semejante, aprestando las armas, más por muestra de ser hombres, que con pensamiento de defenderse. Caminaban sobre solo un pie, dándose con el derecho sobre el calcaño izquierdo, con que se impelían y resbalaban sobre el mar grandísimo trecho, y luego, volviendo a reiterar el golpe, tornaban a resbalar otra gran pieza de camino; y desta suerte, en un instante fueron con nosotros y nos rodearon por todas partes; y uno de ellos, que, como después supe, era el capitán de todos, llegándose cerca de nuestro navío a trecho que pudo ser oído, asegurando la paz con un paño blanco que volteaba sobre el brazo, en lengua polaca, con voz clara dijo: ``Cratilo, rey de Bituania y señor destos mares, tiene por costumbre de requerirlos con gente armada, y sacar de ellos los navíos que del hielo están detenidos, a lo menos la gente y la mercancía que tuvieren, por cuyo beneficio se paga con tomarla por suya. Si vosotros gustáredes de acetar este partido sin defenderos, gozaréis de las vidas y de la libertad, que no se os ha de cautivar en ningún modo; miradlo, y si no, aparejaos a defenderos de nuestras armas, continuo vencedoras''. Contentóme la brevedad y la resolución del que nos hablaba. Respondíle que me dejase tomar parecer con nosotros mismos, y fue el que mis pescadores me dieron decir que el fin de todos los males, y el mayor de ellos, era el acabar la vida, la cual se había de sustentar por todos los medios posibles, como no fuesen por los de la infamia; y que, pues en los partidos que nos ofrecían no intervenía ninguna, y del perder la vida estábamos tan ciertos como dudosos de la defensa, sería bien rendirnos, y dar lugar a la mala fortuna que entonces nos perseguía, pues podría ser que nos guardase para mejor ocasión.