Los Trabajos de Persiles y Segismunda by Miguel de Cervantes Saavedra

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Invidiosas y corridas estaban las tres damas francesas de ver que en la opinión del duque estaba estimado el retrato de Auristela mucho más que ninguno de los suyos, que el criado que envió a retratarlas, como se ha dicho, les dijo que consigo los traía, entre otras joyas de mucha estima, pero que en el de Auristela idolatraba: razones y desengaño que las lastimó las almas; que nunca las hermosas reciben gusto, sino mortal pesadumbre, de que otras hermosuras igualen a las suyas, ni aun que se les compare; porque la verdad, que comúnmente se dice, de que toda comparación es odiosa, en la de la belleza viene a ser odiosísima, sin que amistades, parentescos, calidades y grandezas se opongan al rigor desta maldita invidia, que así puede llamarse la que encendía las comparadas hermosuras.

Dijo ansimismo que, viniendo el duque, su señor, desde París, buscando a la peregrina Auristela, enamorado de su retrato, aquella mañana se había sentado al pie de un árbol con el retrato en las manos; así hablaba con el muerto como con el original vivo, y que, estando así, había llegado el otro peregrino tan paso por las espaldas que pudo bien oír lo que el duque con el retrato hablaba, «sin que yo y otro compañero mío lo pudiésemos estorbar, porque estábamos algo desviados. En fin, corrimos a advertir al duque que le escuchaban; volvió el duque la cabeza y vio al peregrino, el cual, sin hablar palabra, lo primero que hizo fue arremeter al retrato y quitársele de las manos al duque, que, como le cogió de sobresalto, no tuvo lugar de defenderle como él quisiera; y lo que le dijo fue, a lo menos lo que yo pude entender: ``Salteador de celestiales prendas, no profanes con tus sacrílegas manos la que en ellas tienes. Deja esa tabla donde está pintada la hermosura del cielo, ansí porque no la mereces como por ser ella mía''. ``Eso no -respondió el otro peregrino-, y si desta verdad no puedo darte testigos, remitiré su falta a los filos de mi estoque, que en este bordón traigo oculto. Yo sí que soy el verdadero posesor desta incomparable belleza, pues en tierras bien remotas de la que ahora estamos la compré con mis tesoros y la adoré con mi alma, y he servido a su original con mi solicitud y con mis trabajos''.

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