Autobiografía de Blanco White

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El estado de sobria reflexión que me había devuelto el descanso de la noche resultó ser una prueba mayor para mi espíritu que la agitación del día anterior. A eso de las ocho me despertó el ruido de la calle y la escasa luz de una nublada mañana londinense que entraba por la ventana. Mi primer sentimiento en aquel momento fue de curiosidad por conocer cómo era la renombrada capital de Inglaterra. Salté de la cama y corrí a la ventana para gozar de lo que me imaginaba sería una escena tan espléndida como jamás había disfrutado. Sólo los que conocen bien los alrededores de Carlton House hace treinta años serán capaces de comprender los sentimientos que experimenté al mirar por la ventana. Alban Street, donde me alojé, en las inmediaciones de Carlton House, ha desaparecido junto con el mismo palacio y con muchas otras desvencijadas calles que se extendían desde Alban hasta la Ópera. Pues éstos fueron precisamente los objetos que se me presentaron a la vista como las primicias de Londres. Todo lo que podía contemplar estaba como bajo el omnipotente dominio del polvo, el humo y la oscuridad, y aun al mismo palacio le faltaba la suntuosidad y belleza que tienen los edificios públicos. Se dejaba ver diminuto e insignificante, medio oculto detrás de una cortina de columnas que daban la impresión de que su dueño lo había construido en un ataque de depresión mental para poder vivir tristemente aislado de este mundo. Pero lo que me desagradó más fue el hollín que se enseñoreaba de todos los edificios. La ciudad entera parecía como si estuviera hecha con carbón y cenizas. Era en verdad un espectáculo abrumador el que contemplaban mis ojos, y no podía menos de suscitar en mi espíritu sentimientos tan lóbregos como él mismo.

¿¿Y ahora qué vas a hacer en Inglaterra?¿, me preguntó mi buen juicio en un tono que no se había atrevido a tomar durante mucho tiempo. La pregunta me sobresaltó, como si me hubiera presentado súbitamente una serie de dificultades jamás previstas hasta aquel momento, y miré a mi alrededor sintiéndome inútil y abandonado. Había traído conmigo una orden bancaria de cien libras, que eran los ahorros de mi último año de residencia en España, pero ¿qué era esta cantidad en Londres? Aunque viviera con la más estricta economía no podría subsistir muchos meses con ella. Es verdad que mi padre me hubiera ayudado pero esta idea no me atraía en absoluto, especialmente después de haber arrojado por la borda de un golpe los frutos de la educación que me había dado. Podía rebajarme a trabajar como músico e intentar encontrar un puesto en una orquesta teatral. Esta idea se me había ocurrido cuando estaba a punto de salir de España, y la distancia de que se convirtiera en realidad la había privado de todas sus dificultades, pero en el momento en que la proximidad de tener que ponerla en práctica le había hecho perder su rosado color romántico, mi amor propio apenas podía soportarla.

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