Tristana by Benito Pérez Galdós — Read

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Todo esto, y otras cosas que irán saliendo, se lo contaba Horacio a su damita, y ésta lo escuchaba con deleite, confirmándose en la creencia de que el hombre que le había deparado el Cielo era una excepción entre todos los mortales, y su vida lo más peregrino y anómalo que en clase de vidas de jóvenes se pudiera encontrar; como que casi parecía vida de un santo digna de un huequecito en el martirologio.

-Cogiome aquel suceso -prosiguió Díaz- a los veintiocho años, con hábitos de viejo y de niño, pues por un lado la terrible disciplina de mi abuelo había conservado en mí una inocencia y desconocimiento del mundo impropios de mi edad, y por otro poseía virtudes propiamente seniles, inapetencias de lo que apenas conocía, un cansancio, un tedio que me hicieron tener por hombre entumecido y anquilosado para siempre. Pues, señor, debo decirte que mi abuelo dejó un bonito caudal, amasado cuarto a cuarto en aquella tienda asquerosa y mal oliente. A mí me tocaba una quinta parte; diéronme una casa muy linda en Villajoyosa, dos finquitas rústicas y la participación correspondiente en la droguería, que continúa con la razón social de Sobrinos de Felipe Díaz. Al verme libre, tardé en reponerme del estupor que mi independencia me produjo; me sentía tan tímido, que al querer dar algunos pasos por el mundo, me caía, hija de mi alma, me caía, por no haber ejercitado en mucho tiempo las piernas.

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