Memorias de Un Cortesano de 1815

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Nos tratamos, como he dicho, en casa de las señoras de Porreño. Él había oído hablar de mí y deseaba conocerme. Pidiome el primer día de nuestro trato algunos favores y se los hice con el mayor gozo. No era más que emparedar ciertos expedientes de un hermano suyo, teniente de resguardo, a quien la Real Hacienda se había empeñado en mortificar impíamente por unas cuentas. ¿Pues no se le había antojado al badulaque del ministro oprimir y vejar instituciones tan honradas como las tenencias de resguardo? En fin, todo se arregló a maravilla y se acabaron los disgustos. Por mi parte nada pedí a D. Blas sino que me tuviera presente en sus oraciones; pero un día sin previa solicitud, ni esperanza, ni aun sospecha, encontreme ascendido a una plaza de cuarenta mil reales en Tercias Reales.

Es que el gobierno buscaba empleados celosos, y cuando alguno llegaba a hacerse nombre en la administración, no necesitaba empeños. Llegó a mis oídos que el ministro, al ver mi nombramiento, se puso furioso, diciendo de mí cuanto la envidia y mala voluntad pueden inspirar a un ministro regañón, el cual no sólo me puso cual no digan dueñas, sino que se negó a darme posesión del nuevo destino; pero la orden venía de arriba, es decir, venía de la cámara real, en forma de minuta extendida por el ayuda de cámara y firmada por ÉL. Don Cristóbal Góngora, ministro de Hacienda, bajó la cabeza y yo alcé la mía. No está demás decir que un ministro era entonces un cero a la izquierda, un secretarillo del despacho, que a veces daba compasión. No servían para maldita la cosa, y fuera del coram vobis, allá se iban con cualquier escribiente. Todos saben que a un célebre ministro y hombre de Estado y gran repúblico, le destituyó el Rey entonces por su cortedad de vista.

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