Explore "Memorias de Un Cortesano de 1815" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
En los últimos años del siglo anterior, Ugarte había venido de Vizcaya a los 15 años de su edad. Menos afortunado que yo y con menos recursos, tuvo que ponerse a servir de mozo de esportilla en casa del señor Consejero de Hacienda, D. Juan José Eulate y Santa, donde se dio tan buena maña y mostró tanto ingenio, que bien pronto, ayudado de su buena letra y singular destreza en la aritmética, hiciéronle amanuense de la casa. Habiendo nacido Antoñuelo para grandes empresas, no quiso su destino que se prolongase por mucho tiempo la oscuridad de aquella vida, y ved aquí que una aventurilla doméstica, en la cual apareció demasiado listo, le obligó a separarse del Sr. Eulate. El mancebo vizcaíno, viéndose sin arrimo, pasó revista a todas las artes y ciencias, y discurriendo cuál de ellas tomaría por instrumento de la gran ambición que en su noble pecho abrigaba, adoptó la coreografía. Ya le tenemos de maestro de baile, o como si dijéramos, con ambos pies dentro de la esfera de la fortuna, que en aquellos tiempos solía favorecer a la gente danzante.
Era Ugarte de hermosa presencia, agraciado, vivaracho, ingeniosísimo en las frases, saludos y cumplidos, y extremadamente listo, con el más claro ojo del mundo para conocer a las personas y captarse su simpatía y buena voluntad. Vestía con toda la elegancia que sus mermados emolumentos le permitían; conocía a fondo el ars umbelaria, que era el modo de ponerse el sombrero, y el ars incedaria, que era lo que modernamente y con más llaneza llamamos el modo de andar. No sólo daba lecciones de baile, sino que las daba también de zorongo, es decir, enseñaba a los jóvenes a hacer con la mayor elegancia posible el gesto de afectadísima urbanidad conocido con este nombre.