Explore "Montes de Oca" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al día siguiente de este suceso recibió Ibero orden de partir para Valencia, conduciendo cuatro compañías de Borbón y dos de San Fernando. Las únicas personas que de política le hablaron el día de su partida fueron los inseparables Milagro y D. Bruno, sin que ninguno de los dos obtuviera de él ninguna referencia de la misteriosa reunión del Postigo de San Martín. Medroso, turbado por la visión continua de graves disturbios, el manchego se mostraba pesimista, con más ganas de volver al terruño que de continuar en Madrid su inútil via-crucis de oficina en oficina. En cambio, D. José soñaba despierto con una revolución pacífica y absolutamente limpia de sangre, que nos trajera la justicia y el reinado de la honradez; jarana filosófica, ante la cual habrían de prosternarse todos, reconociéndola buena, eficaz y definitiva, como principio de una era de perdurable ventura. «Este país se gobierna con una hebra de seda, señores -decía con tenaz convencimiento, que parecía fe religiosa. Y lo que es una revolución pacífica, que resuelva de una vez todas las cuestiones, no ha de faltarnos. Yo, yo me comprometo a ello sólo con que me dejen tres días de Gaceta. Nada, nada: es cosa sencillísima. Tres días de Gaceta me bastan, y si me apuran, dos. Soy sastre viejo, conozco el paño.
Pero, Señor, ¿no es principio de los principios la voluntad nacional? Pues teniendo esta bien manifiesta, basta con un cúmplase. Que se cumpla, y todo el mundo boca abajo. Y no me salgan los moderados con la tecla de que la santísima voluntad de los españoles no es clara como el agua. España clama libertad con justicia, y honradez en todas las esferas, y al pedirlo señala con el dedo bien tieso quién puede darnos el bien que no gozamos. ¿Lo quieren más claro? Pues para claridades, ahí tienen lo que ocurrió al paso de la Reina por Zaragoza. El pueblo aclamó con mayor estruendo a la señora Duquesa de la Victoria que a la propia doña María Cristina. ¿Y eso? Pues a cada instante vemos demostraciones no menos elocuentes de la voluntad de la Nación. Yo gobernante, ustedes gobernantes, ¿qué haríamos? Decir cúmplase. y cumplir. Ya ven a qué sencilla fórmula se reduce todo mi sistema. ¡Cumplir, cumplimiento! Y no más trapisondas, no más discusiones, no más derramamiento de sangre. Declaro que no soy partidario de la violencia, ni de los tumultos, ni de que se haga uso de las armas. No se ofenda usted, querido Ibero, si le digo que a todos los militares, en tiempo de paz, les mandaría yo a sus casas, quedándose sólo una corta fuerza para contener a los malhechores. ¿Para qué necesitamos tanta tropa una vez que todo quede establecido en regla? Para nada. Más bien servirán ustedes de estorbo que de ayuda. Y luego, un gasto fabuloso, inútil, mi querido D. Santiago. Yo emplearía las tres cuartas partes del presupuesto de guerra en fomentar la riqueza pública, y por cada fusil que suprimiera plantaría un árbol, y en vez de regimientos, pondría Sociedades de Amigos del País, y los cuarteles se convertirían en Universidades, y las banderas servirían para adornar las imágenes en nuestros templos. en fin, poca fuerza y mucha ilustración. Que me dejen la Gaceta, y verán qué pronto.».