Montes de Oca by Benito Pérez Galdós — Read

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Obediente quizás a estímulos de su conciencia, o a otros móviles que por el momento nadie conocía, volvió Rafaela a la vida regular, entendiendo por esta el no excederse demasiado en los desatinos, no dar motivo a los desplantes furiosos de Catalá y suspender las salidas nocturnas.

No pudo gozar todo lo que quisiera el buen Catalá de la dichosa enmienda de su ídolo, porque a consecuencia de los pasados berrinches cayó gravemente enfermo de un ataque a la cabeza, y por poco toma el portante para el otro mundo. Con algo de espontaneidad por su parte, y con no poca docilidad a los mandatos de Ibero, Rafaelita se portó muy bien en aquella ocasión, visitando diariamente a su amigo enfermo, asistiéndole con exquisitos cuidados y consolándole con su presencia. En cuanto al Don Frenético, no fue posible espantarle tan pronto como se quisiera. El enamorado petimetre limitábase a obsequiar a su ídolo, no ya con ramos de flores, que no eran admitidos, sino con novelas, mostrando una preferencia de buen gusto por las pocas de Balzac que en aquellos tiempos se habían traducido al castellano. Rafaela no sabía francés; pero Don Frenético, galómano furibundo, como recriado en París, había querido iniciar a su amada en el conocimiento y en la admiración del gran pintor de las pasiones, miserias y vanidades humanas. Un día y otro dejó en la casa Úrsula Mirouet, Honorina, El lirio en el valle, La piel de zapa. Leía María Luisa, tardando algún tiempo en tornar gusto a una literatura en todo diferente de la poesía caballeresca de acá; y después tocaba el turno a Rafaela, que comprendía y apreciaba los profundos análisis de aquel soberano ingenio mejor que su hermana. «Esto es muy filosófico -decía María Luisa-, y no va con nosotras.».

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