Montes de Oca by Benito Pérez Galdós — Read

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Como se le señaló la ruta de Soria y Alfaro, no había que contar por el momento con una escapadita a La Guardia. Divertido habría sido para Ibero el viaje si el hombre se encontrara en mejor disposición de ánimo, porque sus compañeros Clavería y Seisdedos eran los caracteres más abonados para la vida de bromas y regocijo: de un viaje molesto y con mil peripecias fastidiosas hacían un divertido Carnaval. La caminata por pueblos alcarreños y sorianos fue una continuada serie de escenas cómicas, incluyendo en este género, no sólo los encuentros felices, los galanteos y comilonas, sino también los peligros, retrasos, vuelcos y fatigas. Pasaron el Ebro por Alfaro, y ansiosos del descanso que sus molidos cuerpos necesitaban, siguieron hasta la nobilísima ciudad de Olite, asentada en un llano fértil. En la corta guarnición encontraron no pocos amigos, entre ellos Baldomero Galán, Gobernador militar de la plaza, que se tuvo por dichoso de obsequiar al Coronel Ibero aposentándole en su casa, donde tanto él como su digna esposa, Doña Salomé de Ulibarri, se desvivieron por hacerle grata la existencia en el tiempo que durara su descanso. Regalada era allí la vida por la abundancia y variedad de comestibles de la tierra, y por el esmero y arte que en el condimento de almuerzos, comidas y cenas ponía la señora de Galán, la cual, entre paréntesis, era una mujer guapísima, de ojos negros, deslumbrantes, de aire desenvuelto y franco, el habla graciosa con golpes de baturrismo.

Muy bien lo pasó D. Santiago en tal compañía. Llevole Galán a visitar las hermosas ruinas del castillo, predilecta morada de los Reyes de Navarra en siglos remotos, y estando el Coronel con su patrón y amigo embebecido en la admiración de los soberbios baluartes corroídos por el tiempo, de los gallardos torreones festoneados por lozanas hierbas que en las grietas crecían, vio salir por entre los muros del despedazado monumento a un hombre, cuyo rostro le causó singularísima impresión de estupor y miedo. Era rostro conocido; no se le despintaba. Mirándole atentamente, advirtió su condición de caballero, que el traje no desmentía; tras él, saltando también por entre los sillares arrumbados, iba otro sujeto, que saludó cortésmente a Galán al paso. Apenas les vio desaparecer entre las ruinas, pidió Ibero informes acerca de ellos a su comilitón, y éste le satisfizo con lo que sabía: «El que me ha saludado es D. Francisco Tiemblo, vecino de Olite, persona, según dicen, de mucha sabiduría en achaque de historias, el que aquí más entiende de lo que fueron y significan estas piedras antiguas. De memoria le refiere a usted todos los letreros, y le explica las figuras que vemos en las iglesias de San Pedro y Santa María y en el convento de Claustrales, madriguera frailuna que fue. El señor que va con él es de Madrid, según creo, y aficionado también a estas quisicosas de la caballería andante.

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