Montes de Oca by Benito Pérez Galdós — Read

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Retirose Ibero en un estado de agitación vivísima, pues la persona y circunstancias del reo, su figura, su palabra, su no afectada filosofía le trastornaban profundamente. Diera él por salvarle la vida parte de la suya; mas no estaban las cosas para esperar clemencia, ni había posibilidad de que por caminos indirectos e ilegales se desviase de la muerte la desgraciada vida de D. Manuel Montes de Oca. Fue a visitar al General Aleson para darle cuenta de las medidas tomadas para la seguridad del prisionero, de la resignación y estoicismo de este, y acordaron el plan de servicio para el siguiente día, que habría de ser en Vitoria día de luto. Tímidamente apuntó Ibero la idea de perdón; mas ni aun le dejó tiempo el General de expresarla por entero, y le mostró la orden de Rodil, disponiendo la inmediata ejecución del preso. ¡y hasta fijaba la hora, como suele fijarse la de una fiesta! Llena el alma de amargura volvió Santiago al Ayuntamiento y a las habitaciones habilitadas para prisión y capilla. En esta los soldados de guardia dormitaban en un banco, y dos ordenanzas, asistidos por empleados del Ayuntamiento, preparaban la mesa en que se había de poner el altar: los candeleros y el Cristo estaban aún en el suelo, junto con una Dolorosa, arrimadita a la pared. Encargó el Coronel a su gente que despachase pronto la faena, evitando cuidadosamente todo ruido, para no despertar al pobre reo. Como objetaran los tales que no podían colocar el cuadro de la Virgen sin clavar alguna escarpia, les ordenó el jefe que toda operación ruidosa se aplazase hasta la mañana.

Entró luego de puntillas en el dormitorio, alumbrado por un velón delante del cual se había puesto un grueso libro de canto, haciendo de pantalla, y vio al reo profundamente dormido. El suave ritmo de su respiración indicaba un sueño dulce, y este era la forma visible de una conciencia tranquila, de un cerebro despejado de cavilaciones. Pareciole mentira al Coronel lo que veía, y admiró al mártir dormido más que le había admirado despierto. Cautelosamente abandonó la alcoba, despidió a los que armaban el altar, pues tiempo había de ponerlo todo muy bonito a la mañana siguiente, y se quedó solo con la guardia. Poco después entró el oficial que la mandaba; acordaron entre los dos que los soldados estarían mejor en la estancia próxima, guardando la puerta por el exterior; y pues la alcoba del preso ofrecía completa seguridad, por no tener otra puerta que la de comunicación con la capilla, no era preciso poner gente en esta. El patio a que daba el balcón de la alcoba estaba perfectamente custodiado, y ni en sueños se podía temer una evasión.

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