Montes de Oca by Benito Pérez Galdós — Read

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Cuando volvió a la capilla, que los ordenanzas habían arreglado en lo que se persigna un cura loco, poniendo en su lugar cada sagrado objeto, y la Dolorosa y el Cristo, encontró a Montes de Oca en el momento solemnísimo de oír su sentencia de muerte. Habíase vestido y acicalado con todo el esmero posible en la pobreza de su cárcel, y en su rostro grave y triste no se advertía ni temor ni arrogancia. Contaba ya con la muerte, y aceptábala sin creer que la merecía, como el coronamiento más digno de su desastre revolucionario. Vivir vencido con vilipendio no era muy airoso, y la noble causa que había defendido se sublimaba con la sangre de los que intentaron ser sus héroes. A la pregunta de si ampliar quería su declaración de la noche anterior, respondió que se confirmaba en ella. Se había sublevado contra el Gobierno, induciendo a paisanos y tropa a la rebelión, porque en conciencia creía que era su deber desobedecer a Espartero. Para él toda autoridad que no fuese la de la Reina Doña María Cristina, era ilegal y usurpadora. Declarose miembro del Gobierno Provisional, que proclamaba la Regencia legítima, y como tal expidió decretos y efectuó diferentes actos gubernativos. ¿Quiénes eran sus cómplices? Todos los corazones leales. Su honor no le permitía decir más.

Dicho esto, y elegido para su confesor el cura de San Pedro, entre los dos que le presentaron, dejáronle solo con el sacerdote. Y el buen Ibero se alejó diciendo para sí: «Es. es: ya no tengo duda. ¿Por qué lo afirmo? No lo sé. No puedo separar en mi pensamiento la imagen de él y la imagen de ella, y me cuesta trabajo convencerme de que no fue real lo que anoche vi. Y yo pregunto: ¿se acordará de ella? Quizás no. Fue un amor pasajero, aventura que se repetía en las buenas ocasiones. Él no la amó nunca. ¡Qué misterios! Ella insensata; él sensato en amores, loco en política. Se asemejan más de lo que parece. Una reina le hace a él mártir, y él ha martirizado a una pobre mujer humilde, la cual me transmite a mí su martirio. Y véome aquí siendo el último mártir. Él muere, moriremos todos uno tras otro. ¡Qué cadena de dolores y muertes!. No doy un paso sin creer que encuentro a la pobre Rafaela pidiéndome la vida de este hombre. Anoche quizás habría sido posible, dejándole escapar por la ventana, y arrojando también por ella mi honor militar y mi nombre sin tacha. Más vale así. Muera el que debe morir ahora, el que ha faltado a la ley política y a la ley de amor.

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