Juan Martín el Empecinado by Benito Pérez Galdós

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La lluvia había disminuido un poco; pero los senderos estaban intransitables. Además, no era fácil atravesar la sierra sin perderse, y a cada instante corría peligro de caer en poder de los destacamentos franceses. Esperaba hallar auxilio en los caseríos no ocupados por el enemigo y quien me proporcionase lo más necesario, es decir, ropa seca, comida, armas y sobre todo un caballo. Caminé largo trecho sin encontrar a nadie, y ya de día como sintiese ruido de cabalgaduras, aparteme de la senda y oculto tras un matorral observé quién pasaba. Eran españoles y franceses, a juzgar por algunas voces de los dos idiomas que oí desde mi escondite, y figurándome serían renegados les dejé pasar ocultándome mejor hasta que les consideré bastante lejos. Su paso, sin embargo, fue un bien para mí, porque me sirvió de guía, y algunas horas después salí de la sierra, pisando el camino real.

Pedí hospitalidad en una casucha donde había un anciano inválido y una mujer joven, ambos muy afligidos por las vejaciones que sufrieran de los franceses el día anterior, y cuando les conté cómo había escapado, con gran gozo diéronme de comer y alguna ropa que troqué por la mía húmeda y desgarrada. Pero no pudieron proporcionarme lo que más deseaba, y los dejé, continuando mi marcha hacia el Mediodía.

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