Explore "Cánovas" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
En el tercer entreacto de Aida, Leonarda, coincidiendo con mi excelsa Madre, me aconsejó que me pusiese a tono con la situación que se veía venir. Don Alfonso estaba en puerta, aunque otra cosa pensasen los cándidos provisionales y los que creyéndose listos andan a tientas por las obscuridades de la vida. Al Gobierno de Sagasta no le llegaba la camisa al cuerpo y se defendía deportando a Filipinas a todos los que juzgaba sospechosos. Sospechoso era el país entero, que pedía orden y paz, metiendo de una vez en cintura a los malditos carcas y a los insurgentes de Cuba. A tan atinadas observaciones, que mi amiga expresaba en lenguaje más llano del que yo uso, agregó luego estos familiares consejos, inspirados en un claro sentido de la realidad: «Cuídate ahora de la buena ropa, porque se ha concluido el reinado de los cursis y de la pobretería. Arrímate a Cánovas, que es el hombre de mañana, y si no tienes medios para hacerte su amigo yo te los proporcionaré. Qué, ¿te asombras? Esta pobre Lionne, que te parecerá una doña Nadie, tiene hoy un poder que ya lo quisieran más de cuatro».
Al final de la ópera, entre el tumulto de los aplausos que prodigó el público a Tamberlick y a la Fossa, me dijo Leonarda que por don Florestán me avisaría para celebrar una entrevista y ponerme al tanto de los acontecimientos. Despedime cariñosamente de ella y de sus dos amigas, que tengo el gusto de presentar a mis lectores, presagiando que tal vez las encontraremos más tarde en nuestro camino. La una era María Ruiz, menudita y graciosa; la otra Carolina Pastrana, ojinegra, blanca y gordezuela; ambas liadas con alfonsinos de riñón bien cubierto que no debo nombrar porque ya entrábamos en la era de la hipocresía, del mírame y no me toques, y del buen callar, que llamamos Sancho.