Explore "Cánovas" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Menudas jaquecas daban a don Antonio los señores del lastre reaccionario, que pesaba brutalmente en la nave de la Situación. Por el sistema efemerídeo que me había revelado la Madre, introducía yo mi pensamiento en el cerebro del grande hombre. Allí se me comunicaba su iracundia por las enormidades que imponerle querían los bárbaros del vetusto Moderantismo. Ponían estos el grito en el cielo al ver que los primeros puestos de la Política, de la Administración y del Ejército eran arramblados por la taifa de Septiembre, y se aprestaron a las represalias metiendo a don Francisco Cárdenas, Ministro de Gracia y Justicia, en el jaleo de derogar la Ley de Matrimonio Civil de 18 de Junio de 1870. Con tal atropello resultaron concubinatos los matrimonios legalmente contraídos, y naturales los hijos habidos en ellos. Horrísona tempestad levantó en la Prensa y en la opinión este atroz desafuero, y mientras el Papa se frotaba las manos de gusto, el jefe de los alfonsinos rabiaba en silencio, viendo frustrado su sano propósito de cimentar su política en el Manifiesto de Sandhurst.
Nadie me contaba el estado mental del Presidente del Consejo. Sentíalo yo en mí mismo por el contacto misterioso del pensar canovístico con el pensar de este humilde vocero de la vida hispana. Por el mismo artilugio milagroso pude apreciar que no hicieron maldita gracia al insigne malagueño los airados decretos con que Orovio puso en la calle y desterró a los Catedráticos de la Universidad Salmerón, Giner de los Ríos, Azcárate y otros, lumbreras de la Filosofía y del Derecho, y apóstoles de la libertad de conciencia. Por este acto de brutal intolerancia y por sus pintorescos chalecos, transmitió su nombre hasta los alrededores de la posteridad el Marqués de Orovio que, aparte su ciego fanatismo, era una persona decente y honrada.