Cánovas by Benito Pérez Galdós — Read

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Contra lo que sin duda creerán mis compasivos lectores, aquel delirio me sentó muy bien. Acostome Casiana y me dormí con sueño tranquilo y reparador. Al despertarme, no sé a qué hora, sentí notorio alivio en mi estado general. La oleada de ambiente quimérico me refrescaba el alma y producía en mis pobres vísceras acción más eficaz que los antisépticos y calomelanos. Cuando el bendito don José vino a preguntarme cómo me encontraba, le dije: «Muy bien, amigo Sagrario. Fíjese ahora en lo que voy a encargarle. Si vienen a visitarme las señoritas Efémeras, o una Efémera sola, no haga la tontería de cerrarles la puerta; páseme aviso inmediatamente, que estoy dispuesto a recibirlas. Mucho cuidado, don José, mucho cuidado».

Casiana y el patrón callaron. Yo, sin ver gota, comprendí que se miraban alarmados y compasivos, como diciendo: Nuestro pobre Tito, a fuerza de sufrir ha perdido la chaveta. Omito los pormenores del proceso patológico, hora tras hora y día tras día, en aquella existencia de clínica, monótona y triste. Debo añadir que la imaginación endulzaba mis males, ora tiñendo de color rosa las paredes de mi caverna, ora dejándome ver con los ojos cerrados objetos y figuras enteramente arbitrarios y convencionales. De esta labor anárquica de mi fantasía resultó que, hallándome despierto en mi sillón de paciente resignado, paseábame por las calles viendo todas las cosas como las viera en mis tiempos de perfecta salud, hablaba con los amigos, hacía visitas, y a mi casa tornaba tranquilamente con un paquetito de dulces para Casiana.

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