Zaragoza by Benito Pérez Galdós — Read

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En su casa, Montoria se enfadó otra vez con D. Roque y conmigo porque no quisimos admitir el dinero que nos ofrecía para nuestros primeros gastos en la ciudad; y aquí se repitieron los puñetazos en la mesa y la lluvia de porras y otras palabras que no cito; pero al fin llegamos á una transacción honrosa para ambas partes. Y ahora caigo en que me ocupo demasiado de hombre tan singular sin haber anticipado algunas observaciones acerca de su persona. Era D. José un hombre de sesenta años, fuerte, colorado, rebosando salud, bienestar, contento de sí mismo, conformidad con la suerte y conciencia tranquila. Lo que le sobraba en patriarcales virtudes y en costumbres ejemplares y pacíficas (si es que esto puede estar de sobra en algún caso), le faltaba en educación, es decir, en aquella educación atildada que entonces empezaban á recibir algunos hijos de familias ricas. D. José no conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres, era refractario á la mentira discreta, y á los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía.

Como él llevaba siempre el corazón en la mano, quería que asimismo lo llevasen los demás, y su bondad salvaje no toleraba las coqueterías frecuentemente falaces de la conversación fina.

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