Bailén by Benito Pérez Galdós — Read

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El patrimonio de aquella casa era bueno, aunque muy inferior al de otras familias de Andalucía y de Castilla; pero contaba la Condesa con que sería de los primeros de España luego que su hijo heredara el mayorazgo de unos parientes por línea colateral, que carecían de sucesión directa. Para facilitar esto, D.ª María concibió un proyecto gigantesco, del cual dependía, como el lector verá, la perpetuidad de aquella casa y solar ilustre por el largo discurso de los siglos; trató de casar a su hijo con una hembra de la familia de aquellos sus parientes, a la sazón poseedores del mayorazgo, y residentes en Córdoba, aunque su habitual morada era Madrid. No era obstáculo para esto la niñez, más bien moral que física, de D. Diego, pues siendo entonces costumbre emparentar lo más pronto posible a los mayorazgos, los casaban fresquitos y antes que tuvieran tiempo de asomar las narices por las rendijas de la puerta del mundo, donde, al decir de D. Paco, no había sino perdición y desvanecimiento para la juventud, porque las dulzuras de la copa de los placeres duraban breves instantes, mientras que sus amargas heces trascendían por luengos años.

Pero alguien hubo de producir trastorno en los planes sabiamente trazados por D.ª María y sus ilustres primas; desconcertólos Napoleón, Emperador de los franceses, al poner sus ojos en esta joya del continente y al invadirla. La guerra, aquella santa guerra de que no nos muestra otro ejemplo la Historia en tiempos cercanos, obligó a suspender este como otros proyectos, y D.ª María, aragonesa y muy patriota, hubo de llamar a D. Diego, y desde lo alto de su sitial le aterró con estas palabras, confiadas después a mi discreción por D. Paco:

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