Bailén by Benito Pérez Galdós — Read

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-Gaznápiros, animales, si estáis probando lo que digo-añadió con energía D. Luis. Lo que pasa en España, ¿qué es? Es que el reino ha tenido voluntad de hacer una cosa y la está haciendo, contra el parecer del Rey y del Emperador. Hace tres meses había en Aranjuez un mal Ministro, sostenido por un Rey bobo, y dijisteis: «No queremos ese Ministro ni ese Rey», y Godoy se fué y Carlos abdicó. Después Fernando VII puso sus tropas en manos de Napoleón, y las autoridades todas, así como los generales y los jefes de la guarnición, recibieron orden de doblar la cabeza ante Joaquín Murat; pero los madrileños dijeron: «No nos da la gana de obedecer al Rey, ni a los Infantes, ni al Consejo, ni a la Junta, ni a Murat», y acuchillaron a los franceses en el Parque y en las calles. ¿Qué pasa después? El nuevo y el viejo Rey van a Bayona, donde les aguarda el tirano del mundo. Fernando le dice: «La Corona de España me pertenece a mí; pero yo se la regalo a usted, Sr. Bonaparte». Y Carlos dice: «La Coronita no es de mi hijo, sino mía; pero para acabar disputas, yo se la regalo a usted, Sr. Napoleón, porque aquello está muy revuelto y usted solo lo podrá arreglar». Y Napoleón coge la Corona y se la da a su hermano, mientras volviéndose a ustedes les dice: «Españoles, conozco vuestros males y voy a remediarlos.» Pero ustedes se encabritan con aquello, y contestan: «No, camarada, aquí no entra usted. Si tenemos sarna, nosotros nos la rascaremos: no hay más Rey de España que Fernando VII.» Fernando se dirige entonces a los españoles y les dice que obedezcan a Napoleón; pero entretanto, muchachos, un señor que se titula alcalde de un pueblo de doscientos vecinos escribe un papelucho diciendo que se armen todos contra los franceses: este papelucho va de pueblo en pueblo, y como si fuera una mecha que prende fuego a varias minas esparcidas aquí y allí, a su paso se va levantando la nación desde Madrid hasta Cádiz. Por el Norte pasa lo propio, y los pueblos grandes, lo mismo que los pequeños, forman sus Juntas, que dicen: «No; si aquí no manda nadie más que nosotros. Si no reconocemos las abdicaciones, ni admitiremos de Rey a ese D. José, ni nos da la gana de obedecer al Emperador, porque los españoles mandamos en nuestra casa, y si los reyes se han hecho para gobernarnos, a nosotros no nos han parido nuestras madres para que ellos nos lleven y nos traigan como si fuéramos manadas de carneros.» ¿Estamos? ¿Lo comprendéis? Pues esto, ni más ni menos, es lo que está pasando aquí. Y ahora contéstenme los alcornoques que me oyen: ¿quién manda, quién dispone las cosas, quién hace y deshace, el Rey o el reino?

El estupor que produjeron estas palabras reveladoras en el atento concurso, compuesto de muchachos rudos e ignorantes, pero de gran viveza de imaginación, fué tan extraordinario, que por un corto rato no se oyó la más insignificante voz, señal cierta de que las ideas vertidas por Santorcaz, entrando de improviso en los obscuros cacúmenes de sus oyentes, habían armado allí gran zipizape y polvareda, dejándoles aturdidos, confusos y sin palabra. El primero que rompió el silencio fué Rumblar, diciendo:

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