El Terror de 1824 by Benito Pérez Galdós — Read

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Uno estaba en pie, colocado frente al marco de la puerta, de modo que recibiendo la luz por detrás, todo él parecía negro, negro el uniforme, negras las manos, negra la cara. Pero en la sombra podía reconocerse fácilmente al celoso funcionario que dispuso la elevación de la horca en la plaza de la Cebada el 6 de Noviembre de 1823.

El otro estaba sentado y escribía con la soltura y garbo de quien ha consagrado una existencia entera al oficio curialesco. Era un viejecillo encorvado y pergaminoso, con espejuelos verdes, las facciones amomiadas, el cuerpo enjuto. Mientras escribía, su espinazo afectaba una perfecta curva, cuyo extremo, o sea la región capital, casi tocaba el papel. Al dejar la pluma, recobraba lentamente su posición vertical, que siempre era bastante incorrecta, por tener su cabeza cierta tendencia a colgar balanceándose, como fruta madura que va a caer de la rama. Tenía la costumbre de subirse a la frente las antiparras verdes mientras escribía, y entonces parecía estar dotado de cuatro ojos, dos de los cuales se encargaban de vigilar la estancia mientras sus compañeros cubrían el papel de una hermosa letra de Torío que en claridad podía competir con la de imprenta. Su nariz y la desaforada boca combinaban armoniosamente sus formas para producir una muequecilla entre satírica y benévola que producía distintos efectos en los que tenían la dicha de ser mirados por el licenciado Lobo, pues tal era el nombre de este personaje, no desconocido para nuestros lectores .

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