El Terror de 1824 by Benito Pérez Galdós — Read

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El licenciado Lobo, asesor privado del señor Chaperón, tenía su oficina en el ángulo más oscuro y apartado de la planta baja de la Comisión Militar. Cubría el piso la estera más vieja, servíale de escritorio la mesa más rota que contaba entre sus propiedades el Estado, y el pupitre, el tintero, la estantería denotaban con honrosa vejez haber acompañado en toda su larga vida a las antiguas covachuelas. Hasta el retrato de Fernando VII, que decoraba la pared, era el más feo de toda la casa, y comido de polilla, no presentaba a la admiración del espectador más que los ojos y parte del cuerpo. Lo demás era una mancha irregular con grandes brazos al modo de tentáculos. Parecía un gran cefalópodo que estaba contemplando a su víctima antes de chupársela.

En el centro de este mueblaje y encorvado sobre una mesa llena de descoloridos papeles, aparecía el leguleyo, cuya figura encajaba en tal marco como el cernícalo en su nido. La diestra pluma rasgueaba sin cesar cual si fuera absolutamente imprescindible su actividad para la existencia de todo aquello, o como si fuera la clave cabalística de que dependían las imágenes del despacho y del retrato y de los muebles y del licenciado mismo. Cuando la pluma paraba parecía que todo iba a desvanecerse. Si no fuera porque en los ratos de descanso el asesor se ponía a tararear alguna tonadilla trasnochada de las del tiempo de la Briones y de Manolo García, se le hubiera tenido por momia automática o por alma en pena a quien se había impuesto la tarea de escribir mil millones de causas para poderse redimir.

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