El Terror de 1824 by Benito Pérez Galdós — Read

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La capilla de los reos de muerte que estaba en el piso bajo y en el ángulo formado por la calle de la Concepción Jerónima y el callejón del Verdugo, era el local más decente de la cárcel de Corte. No parecía en verdad decoroso, ni propio de una nación tan empingorotada que los reos se prepararan a la muerte mundana y salvación eterna en una pocilga como los departamentos donde moraban durante la causa. Además en la capilla entraban movidos de curiosidad o compasión muchos personajes de viso, señores obispos, consejeros, generales, gentiles-hombres, y no se les había de recibir como a cualquier pelagatos. Tomaba sus luces esta interesante pieza del cercano patio, por la mediación graciosa de una pequeña sala próxima al cuerpo de guardia; mas como aquellas llegaban tan debilitadas que apenas permitían distinguir las personas, de aquí que en los días de capilla se alumbrara esta con la fúnebre claridad de las velas amarillas encendidas en el altar. Lúgubre cosa era ver al reo, aquel moribundo sano, aquel vivo de cuerpo presente, en la antesala de la horca, y oírle hablar con los visitantes y verle comer junto al altar, todo a la luz de las hachas mortuorias. Generalmente los condenados, por valientes que sean, toman un tinte cadavérico que anticipa en ellos la imagen de la descomposición física, asemejándoles a difuntos que comen, hablan, oyen, miran y lloran para burlarse de la vida que abandonaron.

No fue así D. Patricio Sarmiento, pues desde que le entraron en la capilla en la para él felicísima mañana del 4 de Setiembre, pareció que se rejuvenecía, tales eran el contento y la animación que en sus ojos brillaban. Rosicler mustio le tiñó las ajadas mejillas, y su espina dorsal hubo de adquirir por maravilloso don una rectitud y esbelteza que recordaban sus buenos tiempos de Roma y Cartago. Soledad, a quien permitieron acompañarle todo el tiempo que quisiera, se hallaba en estado de viva consternación, de tal modo que ella parecía la condenada y él el absuelto.

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