La Primera República by Benito Pérez Galdós

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Del ligero sueño que pude conciliar en las primeras horas del día me despertaron Nicanora y su marido con estas alarmantes voces: «Levántese, señor don Tito, que hay revolución». A toda prisa me vestí, y mandé que me trajeran mi desayuno. Mientras lo tomaba, el honrado psicólogo Ido inició la historia verbal de aquel nefasto día: «Desde el amanecer están pasando por Antón Martín Milicianos armados. Van a sus puestos, van a su deber, van a la muerte. ¡Oh España! ¿qué haces, qué piensas, qué imaginas? Tejes y destejes tu existencia. Tu destino es correr tropezando y vivir muriendo. Como le digo, toda la Milicia Nacional está en armas. En la plaza de Santa Ana he visto al Carbonerín con el batallón de Lanuza. Por la calle de las Huertas va un gentío inmenso chillando, y Milicianos a la carrera. Oí que en la Puerta del Sol está la Artillería. ¿Qué pasa? Que la Historia de España ha salido de paseo. Es muy callejera esa señora.».

En esto, mi patrona, que había salido un momento, volvió con las manos en la cabeza gritando: «Vete pronto a la compra, José, que si te descuidas nos quedaremos hoy sin comer. ¡Virgen de la Paloma, ya están esos diablos de Antón Martín armando las barricadas!». Salimos disparados Ido y yo. En Antón Martín no había barricadas, pero sí brazos ávidos de levantarlas y bocas de ambos sexos que las pedían a gritos.

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