Explore "De Cartago a Sagunto" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Como mi pobre cabeza tardó horas y horas en recobrarse de aquel vértigo, no me es fácil determinar el lugar y momento en que cambiamos el coche por el ferrocarril. Sí recuerdo que al anochecer íbamos en un tren mixto, de cuya dirección no pude enterarme hasta que Silvestra dijo que estábamos cerca de Las Casetas. Poco antes de esto, tras penosa lucha entre mi razón y mi fantasía, llegué al convencimiento de que no llevaba traje sacerdotal aquel don José, que en boca de Silvestra era el padre Carapucheta y en la mía el señor Ido del Sagrario.
En la estación que empalmaba la línea de Castejón con la de Madrid a Zaragoza, bajamos a restaurar nuestras fuerzas con el comistraje que dan las fondas ferroviarias, y entre una sopa aguanosa y un pollo más duro que la pata de un santo deliberamos sobre la ruta que nos convenía seguir. Opinó Chilivistra que debíamos continuar en tren hasta Calatayud, y de allí internarnos por Daroca hacia la provincia de Teruel. El don José, cuya delgadez era ya transparente, sostuvo la conveniencia de llegarnos por el ferrocarril hasta Guadalajara, donde él tenía que tomar lenguas acerca del asunto que a tales trotes le llevaba. Yo, Proteo Liviano, mensajero de los Dioses, envolviéndome en una serenidad majestuosa les dije que mi opinión era no tener ninguna, y que me dejaría llevar a donde la dama gordita y el caballero flaco determinasen, ora fuese a las delicias del Paraíso Terrenal, ora fuese al mismísimo Infierno.