De Cartago a Sagunto by Benito Pérez Galdós

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Mi privilegio de ubicuidad permitiome presenciar las pomposas audiencias que daba doña Nieves a los Jefes de su mesnada de matachines: salían éstos llevándose el aplauso y albricias de su Generala por los asesinatos y desvergüenzas con que castigaban al pueblo infeliz. En esto, anunciaron la llegada de una Comisión del Ayuntamiento que iba, con toda sumisión y protestas de fidelidad, a impetrar de Sus Altezas clemencia para los vencidos. Como medida preventiva, metieron a los comisionados en las habitaciones bajas donde estaban las cuerdas de Voluntarios presos. No quise dejar de ver a los que representaban el organismo municipal, algunos del antiguo Ayuntamiento, otros de la nueva hornada carlista. En todos vi caras afligidas y largas, y admiré las arrugadas levitas que habían sacado del fondo de los cofres para presentarse ante las reales personas, así como las chisteras abolladas y peinadas a contrapelo en las precipitaciones que la etiqueta les imponía.

Francamente, naturalmente, diré con mi amigo Ido que me acompañaba por las escaleras y pasillos de la casa episcopal, me dieron lástima los señores concejales tratados como perros, y aun el propio don Avelino Palomeque, concejal de nuevo cuño, me fue menos antipático, por verle en tan humillante situación. No pensaba yo hablarle, pero él se dirigió a mí con menos arrogancia de lo que yo esperaba, diciéndome estas palabras: "No pase usted pena por doña Silvestra, que está bien segura en mi casa, al lado de mi madre. Si los excelsos Príncipes acceden a lo que les pediremos, todo se arreglará".

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