Explore "Los Duendes de la Camarilla" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Con una recomendación semejante se dormía todas las noches el desdichado Tomín. Si en los primeros días de su doloroso cautiverio le atormentó el insomnio, una vez descansado y convaleciente, la naturaleza en vías de reparación abandonábase a un sopor parecido a la embriaguez, sólo turbado a ratos por la idea de que dejándose caer sin interrupción por la resbaladiza pendiente del sueño, iría sin pensarlo a parar en la muerte. Viéndole aquella noche al borde de la caída, Lucila o Cigüela le empujó en vez de contenerle; le pasó la mano por los ojos, le besó la frente, le acunó con suaves arrullos de nodriza, no sin decirle que durmiera descuidado: ella le despertaría cuando fuera tiempo. Al sentirle dormido, se acomodó a su vera, en lo más bajo del camastro, sentándose a la turca y reclinando su cabeza blandamente sobre el hombro sano del Capitán. Antes apagó la luz de la linterna, que a su lado tenía.
En esta postura y disposición, que apenas alteraba por no turbar el sueño del herido, se pasaba Lucila la noche, descansando algunos ratos, los más despierta, ante la presencia de sus vigilantes pensamientos que no querían dormir, ni apagarse en su caldeada mente. La obscuridad del mechinal no era completa, ni aun en noches turbias como aquella del 19 de Noviembre, pues se veía el rectángulo luminoso del ventanón cuadriculado por los vidrios. En noches claras, Lucila veía y gozaba la luz difusa del cielo y alguna estrella resplandeciente. Ruidos no faltaban. La noche de referencia, los dedos de la lluvia toqueteaban sin cesar por un lado y otro de aquella frágil construcción; pero ni esto, ni el mayar de gatos trovadores, ni los golpes que daba un palo roto y colgante en el secadero, molestaban a Lucila. Sus inquietudes surgían de su propia imaginación, a veces cuando sus sentidos se apagaban en el sueño. Despertaba como de un salto, creyendo que las desvencijadas escaleras por donde a su tugurio se trepaba, crujían bajo el peso de dos, tres o más personas. Las voces se aproximaban. Eran primero un susurro, después un coro como los de las comedias cantadas.