Explore "Los Duendes de la Camarilla" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pasaron días, entre los cuales se deslizaron los de Navidad, confundiendo su barullo con el trajín de los ordinarios; acabose el año 50, y entró su sucesor con fríos crueles, que obligaron al vecindario de Madrid a recogerse al amor de las camillas para sacar los estrechos. ¡Y qué graciosísimos disparates resultaron de aquel juego en algunas casas! Al sacar las papeletas, todo el concurso reventaba de risa. ¡Martínez de la Rosa con la Petra Cámara; el Nuncio con la dentista Doña Polonia Sanz, y la Reina Madre con D. Wenceslao Ayguals de Izco! Entre Navidad y Reyes, hizo Lucila no pocas visitas a Domiciana, encontrando a esta tan magnánima y dadivosa, que parecía constituirse en Providencia nata del pobre Tomín y de su atribulada compañera. Una tarde le dio, envueltos en un papel de seda, dos cigarros puros, que ella misma había comprado. A tan hermoso obsequio, siguieron: ya el cuarto de gallina, ya la perdiz escabechada, bien las lucidas porciones de garbanzos, patatas y otros comestibles. Huevos hubo un día, otro jamón, y nunca faltaban chocolate y pan. Los cuartos y las medias pesetas o pesetas, a veces columnarias, menudeaban que era un gusto, y cuando apretaron las heladas, se descolgó con una buena manta, nuevecita. Lo de menos era la limosna material, que más que esta valían el buen modo y las recomendaciones cariñosas. «¡Ay, hija, evitemos a todo trance que pase frío!. Ten cuidado, por la noche, de que no se ponga a dar manotazos, destapándose. Arrópale bien. Dale la comida con método, sin dejarle que se atraque de lo que más le guste; y el vino con medida. Para cuando pueda salir de casa, le estoy preparando un chaleco de mucho abrigo. Mira: estos cigarros que te doy son para que fume hoy uno y otro mañana. No permitas que se fume los dos en un día».
Y Cigüela, con estas crecientes efusiones caritativas, agradeciendo mucho y recelando más. ¿Pero qué remedio tenía sino tomar lo que le daban, librándose así de la fatigosa y triste correría en busca de socorro? Atenta siempre a los actos y dichos de Domiciana, observó en aquellos días alguna variación en sus hábitos: la que no salía de casa más que para ir a misa a San Justo muy temprano, ausente estaba largas horas en pleno día. Dos veces dijeron a Cigüela en la cerería que la señora había salido, y tuvo que esperarla. Al entrar fatigada, decía la monja que la necesidad de colocar sus drogas la sacaba de su quietud y recogimiento. En todo ello resplandecía la verosimilitud; pero la guapa moza, llevada por su desamparo y la tenacidad de sus desdichas a un horrendo escepticismo, en los hechos más inocentes veía sombrajos o barruntos de nuevas tribulaciones.