Los Duendes de la Camarilla

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Con pena de abandonar su casa y el cuidado de Tomín, consagró Lucila la mañana siguiente a los deberes filiales. El buen Ansúrez necesitaba consuelos, tiernas palabras que le infundieran ánimo y confianza, ideas y razonamientos juiciosos para pescar otro empleo. Hija y padre disertaron, esparciendo ansiosas miradas por todas las políticas aguas que conocían. ¿A qué pescadores podrían arrimarse? Con el Sr. Taja, que había dado a Jerónimo su primer destino, en la portería del Fiel Constraste y Almotacén, no había que contar ya. El Sr. Zaragoza, que le había empleado en el Teatro Real, no era ya jefe político ni estaba a la sazón en Madrid, y para llegar al nuevo Gobernador, D. Melchor Ordóñez, no veían ningún camino. ¿A quién volverse, a quien marear y aburrir hasta obtener la credencial, concedida por la fuerza del tedio más que por la piedad? Indicadas y discutidas diferentes personas, el astuto Ansúrez, sabedor de las amistades de Lucila con Domiciana y de las excelentes agarraderas de esta en Palacio, o sabe Dios dónde, la diputó por la mejor santa en quien debía poner toda su fe. Conforme Lucila con esta opinión, quedaron en que al siguiente día se verían hija y padre con la cerera para empezar la ruda campaña. En estas y otras conversaciones se le fue a Lucila toda la mañana y parte de la tarde, porque cuando impaciente quería despedirse, su padre la cogía de los brazos y la retenía, gozoso de verla y escucharla. Rodriguín también tiraba de ella, y los maestros boteros no se cansaban de admirar su hermosura. En la botería se aposentaba Ansúrez, y allí aguardaba la visita diaria de su hija. Prometió esta no faltar ningún día, y abrazando a su padre le dejó entre sus amigos, rodeado de aquellos imponentes pellejos hinchados de viento, que tanta semejanza tenían con los hombres públicos de aquel tiempo. y de otros.

Desalada tomó Lucila el camino de su casa. Por evitar un largo rodeo y ganar tiempo, puso a prueba sus pulmones apechugando con la Cuesta de los Ciegos, que subió de un tirón hasta Yeseros y la Redondilla, y de allí en cuatro brincos se plantó en la calle de San Bernabé. Llegó a su casa pensando que Tomín estaría inquietísimo, poniendo en fábulas tristes a todos sus animales. Como exhalación pasó de la puerta al corral, donde le salió al encuentro Eulogia con cara de susto, que a Lucila le pareció una máscara, pues nunca había visto tan alteradas las facciones de su casera. Antes de que se le preguntara por el Capitán soltó la buena mujer esta bomba: «No está. no ha vuelto desde las diez de la mañana». El primer impulso de Lucila fue rebelarse animosa contra el Destino; y sacando de su alma las primeras fuerzas con que a la lucha se disponía, respondió: «Ya vendrá. le encontraremos. ¡Qué loco es, Dios mío! No vale que una le diga. no vale que se le recomiende. Andará por ahí hecho un tonto, viendo tender ropa.».

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