Explore "Los Duendes de la Camarilla" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Hallándose mejorada, recibió Lucila las visitas de su hermano y de su padre, el cual reiteró su contento por el buen acomodo que tenía en la casa del jefe de los guindillas; pero no habló nada de Domiciana. Esta preterición de la protectora le pareció a Cigüela un delicado tributo de Ansúrez al dolor de su amada hija. Sin duda el fiero castillano comprendía o sabía que las que fueron amigas hallábanse ya a un lado y otro de un espantoso abismo. No quería él meterse a medir la sombría cavidad, y callaba. Con interés real o fingido escuchó después Lucila las descripciones que hizo su padre de los primores cuya limpieza le estaba encomendada, y tomando pie de esto se procuró personales informes del Sr. Chico: si en su casa tenía el mal genio que desplegaba en la persecución de gente mala; si recibía con buenas palabras o con bufidos a las personas que iban a verle. Las opiniones de Ansúrez sobre estos particulares eran vagas. Desconocía completamente a su amo en las funciones policiacas. Sólo de pensar que ante él se veía como delincuente, como sospechoso, siquiera como testigo, le entraban temblores y se le descomponía todo el cuerpo. Terminó recomendando a su querida hija que no pensara en tal sujeto, al cuento de averiguar por él cosas que valía más dejar en el estado que tenían, cuidándose menos de descubrirlas que de olvidarlas. Esto fue, en substancia, lo que el innato filósofo celtíbero dijo a su amada Lucila.
La Capitana Rosenda, que también a la guapa moza visitaba muy a menudo, no le habló nunca con tan filosófico tino como el viejo castellano. Divagaba locamente en su charlar, a las veces gracioso.