Los Duendes de la Camarilla

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Desarmada Lucila, Domiciana se vio salvada, y celebró mentalmente su triunfo sin dar a conocer su alegría. Menos cauta la otra y de escaso talento histriónico, dejó ver su desconsuelo por la distancia entre su mano y el arma. «Me ha cortado la acción: ya no me tiene miedo - dijo para sí clavando sus miradas en la cerera . Pero no le vale. La mataré otro día si me engaña, para que no engañe a nadie más».

Recobró Domiciana el timbre neto de su voz, de la cual solía decir Centurión: «Es dulce y dura como el azúcar piedra». Con dureza dulce, dijo la exclaustrada: «Amiga querida, debiera yo ser un poco severa contigo, pues lo que has hecho, en verdad que no te recomienda; pero te quiero tanto, que sin sentirlo me voy al perdón. Ahora sabrás, ahora te contaré. verás quién es y cómo se porta esta tu amiga, esta mala mujer, a quien querías matar.». Dejó el sillón con ademán de vencer la pereza, y cogiendo del brazo a Lucila le dijo: «¿No te aburres de esta obscuridad?.». La guapa moza, sacudiéndose el brazo, siguió detrás de Domiciana, que al pasar al gabinete ampliaba la frase: «La obscuridad me entristece, y tú más. con tus tonterías. Ven acá. Sentémonos aquí, y despéjense nuestras cabezas.».

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